jueves, 4 de marzo de 2010

Imponer silencio a gritos



Santiago Alba, Belén Gopegui, Pascual Serrano y Carlos Fernández Liria

El pasado lunes, el conocido actor español Willy Toledo declaró públicamente su desasosiego por la muerte del preso cubano Orlando Zapata y censuró al gobierno cubano por no haber sabido salvar una vida que, privada de libertad, estaba bajo su responsabilidad. Pero Willy Toledo tuvo también el atrevimiento de referirse al fallecido como a “un delincuente común” y a algunos de los así llamados “disidentes” como a “terroristas”, reproduciendo la información de las autoridades de Cuba, e inmediatamente los mismos medios, los mismos políticos y los mismos intelectuales que aceptan con naturalidad las versiones oficiales del gobierno israelí, colombiano o afgano se han lanzado, henchidos de indignación, a romperle figuradamente los huesos al tiempo que autoproclamaban su limpieza de sangre democrática. El País y El Mundo, por ejemplo, han dedicado en los últimos tres días más referencias a estas “imperdonables” declaraciones que a las víctimas civiles de Afganistán o a los huérfanos de Haití, por no hablar de la bloguera iraquí Hiba Al-Shamari, detenida, torturada y desaparecida durante un mes y ahora sometida a juicio en Bagdad por “desprestigiar la imagen de la nación” sin que ninguno de los ofendidos por el “régimen de Castro” haya levantado su voz o aireado sus tripas. Contra Willy Toledo se ha desatado una unanimidad oceánica, un tsunami de pulgares boca abajo y moralizantes azotes perdonavidas. El mismo día en que Otegi era condenado a dos años de cárcel por “exaltación del terrorismo” (o, lo que es lo mismo, por decir una frase), Elvira Lindo escupía a Willy Toledo las ventajas de nuestra democracia, que permite hablar incluso a un tipo como él, y Rosa Montero, con el mismo temple moral con el que saludó en 2006 los misiles arrojados sobre el Líbano, despreciaba a Willy Toledo calificándolo de “gentuza castrista”. Como de un apestado, los 9000 actores, bailarines, directores de escena y dobladores de España representados por Pilar Bardem se han desmarcado de su audacia declarativa y lo han dejado caer solo en el abismo. Decenas de portadas, columnas y tertulias se han rasgado las vestiduras contra la “abyección moral” del actor.

Es en las cuestiones pequeñas donde se revela el estado de salud de una democracia. No es muy grave que se calle la boca a un actor, mutilando y criminalizando sus declaraciones, en un país donde se amenazan las pensiones, se persigue a los inmigrantes, sigue habiendo torturas, se cierran periódicos, se obstruye la memoria, se protege a criminales de guerra y se mandan soldados a invadir y matar civiles en otras tierras. Algunas de las voces de este coro marcial -en el que cada uno ha gritado libremente lo mismo que todos los demás- reflejan la calidad ética de un medio periodístico y cultural en el que el desprecio por la verdad es inseparable de la idea de que la democracia consiste en imponer a gritos silencio a los demás y de la seguridad de que el intimidado no podrá responderles. Las otras voces del coro se unen a la cantinela un poco por interés y un poco por miedo, a sabiendas de que, mientras el mundo gire en la misma dirección que van ellos, es mejor no preguntarse quién maneja el volante ni a cuántos aplastan las ruedas. En España hay tres o cuatro temas que no pueden discutirse en público y Willy Toledo se ha atrevido a rozar uno de ellos. Si los filtros mecánicos fallan -como en este caso- y más personas de las que caben en un pañuelo escuchan lo que no se debe decir, entonces interviene el Santo Oficio para acosar, desprestigiar y amenazar al infractor. A Willy Toledo le han dado un grito para que no se atreva a hablar de nuevo.


Un periódico digital decía que Willy Toledo se había quedado, lo habían dejado, “más solo que la una”. No es verdad. Si aún no sabe que no lo está, sirvan estas líneas de apoyo y solidaridad para recordárselo.

miércoles, 3 de marzo de 2010

El contrato que aceptamos

Mensaje leído en una radio francesa el 11 de septiembre de 2003. Su autor es anónimo, y estructura en una serie de puntos un duro, por absolutamente cierto, texto de denuncia y crítica al mundo actual.

martes, 23 de febrero de 2010

Hitler, el Hundimiento y el Cabanyal



No he conseguido adecuar el ancho del vídeo al blog, así que si tenéis dificultades para visualizarlo, clickad en él y vedlo en Youtube.

lunes, 22 de febrero de 2010

Berlusconada al canto

Eros y Tánatos

Como ocurre siempre en las épocas en que socialmente la vida no vale nada, es preciso saber ver por medio de los ojos de Eros. En el tiempo que está por llegar, a Eros incumbe saber restablecer el equilibrio roto en provecho de la muerte.

André Breton

sábado, 20 de febrero de 2010

Hay que volver mañana

Rafael Reig
Diagonal

En el bar ideal ponen tapas. Fuera de la meseta no y eso produce oxidación moral, convence al cliente de que todo lo que tiene en esta vida lo ha conseguido con su propio esfuerzo. Al final desemboca en el puritanismo, el nacionalismo, la socialdemocracia y otras catástrofes del alma.

En mi barrio todavía hay buenos bares, pero ahora predominan los sitios de enrollados, que parecen neoyorkinos. Durante los años que viví en Nueva York no puse un pie en ninguno de esos bondadosos establecimientos dirigidos a personas sin mala conciencia. Como los bancos, yo sólo considero solvente al que tiene deudas. Los mejores bares de Nueva York me parecían esos sitios con una puerta discreta y espesa tiniebla en el interior, bares para bebedores solitarios, pero tenaces, que huyen por la mañana de la luz del día para beber en silencio.

Cada vez hay más bares de enrollados, comida étnica, cafés alternativos, sitios donde todo el mundo se parece y tiene la misma edad y hasta la misma ropa. Son una epidemia. Para acogerse a sagrado, aún quedan los tradicionales bares madrileños. Son todo lo contrario: reúnen a los que no acabarían juntos jamás en ningún otro lugar del planeta, personas que nada tienen que ver entre sí: el abogado del cuarto, el fontanero, la maruja ludópata, el yonqui sonámbulo, la pareja que no para con las manos bajo la ropa, el tipo que premedita un crimen o un soneto y esa mujer del fondo, la que podría arruinar mi vida en cuanto ella se lo propusiera.

Los enrollados, en cambio, van a bares para ver sólo a gente como ellos. Idénticos unos a otros en su originalidad creativa y en su necesidad de librarse de la mala conciencia. Es incomprensible: pero es así. Los demás nos alegramos de llegar al bar y ver gente que no se parezca en nada a nosotros. Qué alivio. Por fin. Qué oportunidad de ser otro. Cualquier otro.

Los bares tradicionales de Madrid son como la ciudad: promiscuos. Como nosotros.

Quedan miles todavía, por fortuna. Algunos buenos bares de mi barrio son: el Exprés de Ana y Pedro, en San Bernardo con Noviciado. El Cabreira, en Ruiz y, un poco más arriba, el legendario Andino, donde llevo bebiendo más de 30 años. El Compañeiro, en San Vicente Ferrer, Hay que volver mañana donde mi hija ha hecho la mayoría de los deberes. Las Bodegas Rivas, en Palma; el Okayama, en Carranza; el imprescindible Maracaná, en Olavide, con su parte de atrás, donde jugamos al ajedrez. Escribo en la barra, hablo con Pedro sobre la cuenca minera, leo la prensa, miro a las mujeres, me como todo lo que me pongan de tapa y pienso en mi vida en tercera persona, con indiferencia y sin melancolía. Nada conocido provoca más adhesión a la realidad.

En estos bares, a la hora del vermú, un relámpago de felicidad repentina sobrevuela la barra; aletea junto al grifo de cerveza, se eleva hacia el calendario de pared y sale en seguida por la ventana sin mirar atrás. No da tiempo a capturarlo. Por eso hay que pedir otra y volver al día siguiente.