domingo, 5 de julio de 2015

Guerrero

Como buen guerrero,

puedo dar la talla;

puedo darlo todo,

pues doy todo por perdido en cada batalla.

Y nunca me he rendido,
porque si la pierdo,
¿para qué quiero estar vivo?

Como buen guerrero,
solo tengo miedo
a que sus ojos dejen
de mirar a ver si puedo
llegar al Olimpo
y robar el fuego.

Yo no robé del Olimpo
este fuego, mi amor,
fue del infierno,
este invierno,
buscando calor.

Robe Iniesta

martes, 9 de junio de 2015

Penélope y Ulises.

Por entonces Penélope llevaba ya más de un año y medio sin ver a Ulises, desde que éste había desaparecido repentinamente, un día gris de enero, sin apenas avisar. Hay quienes afirman que partió en su barco, en busca de algún sueño por cumplir, cansado de esperar a reunir el valor de lanzarse a su aventura solitaria. Quizás andaba a la búsqueda de una nueva Ítaca...

El silencio duele a ratos. Ratos que alargamos u olvidamos a rachas, como péndulos, en idas y venidas según sopla el viento o según la energía con que nos levantamos cada día. El día a día había avanzado desde entonces sin piedad mientras la realidad arrastraba a ambos personajes hacia futuros inciertos. Durante este período, ella había tratado de comunicarse con él con mensajeros y cartas esporádicas llenas de tristeza e incomprensión. Él, preso de la mezcla extraña de odio y melancolía que sentía, había decidido no dirigirle más la palabra, pese a que todavía recordaba cómo algún día la amó como no había amado antes. Quizás sólo algún rato cada día. De a poquitos. Disimulando, sin que nadie lo supiera.

Al poco de conocerse, Ulises había regalado a Penélope un libro de bitácora. En él, ambos amantes plasmaron sus experiencias a lo largo de relatos, poemas y recuerdos inmortales. Antes de marchar, Ulises dejó una copia de ese libro de bitácora para Penélope encima de la mesa, con una nota que rezaba: “aquí podrás ver dónde alcanzan mis sueños y cuando lo desees podrás volar conmigo”.

El caso es que Penélope no se tomó muy bien que Ulises desapareciera tan de repente, por lo que no hizo mucho caso a la nota ni a la bitácora de su amado y la guardó en un cajón. Penélope, que en sus tiempos se enteró de que Ulises la consideraba la más bella mujer en todo el universo –en realidad todo el pueblo lo sabía-, no llevaba bien el silencio. Con el paso de los días, tras comprobar que Ulises no sólo no regresaba sino que tampoco respondía a sus mensajes, empezó a impacientarse. La joven comenzó a verse presa de oscuras nubes de pensamientos negativos: que si le había pasado algo a Ulises, que si es que se había marchado con otra, que si a lo mejor no habían llegado los mensajes donde Ulises se encontraba…

Por su parte, Ulises  había cambiado desde su partida. Desde fuera se le veía más hombre. No sabría decirte si era la barba tan espesa o el gesto más duro, pero había algo diferente en aquel chico que salió del muelle buscando su Ítaca y a sí mismo. Desde dentro él mismo se veía más cambiado, casi no se reconocía cuando recordaba su vida hacía apenas 1 año. En estos doce meses había visitado puertos lejanos, había luchado contra monstruos y fantasmas, había conocido a gentes de toda condición y había explorado sus propios límites.

Cuando paraba en algún puerto y tenía un rato libre, Ulises sacaba su cuaderno de bitácora y escribía algo, muy a menudo pensando en Penélope. Sin embargo, había una cosa que olvidó aclarar a Penélope antes de partir y es que entre el cuaderno de bitácora que le regaló a ella y aquél en el que él escribía ahora existía una conexión mágica; todo lo que se escribía en uno se podía leer inmediatamente en el otro…

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Un día ventoso de otoño, Penélope, harta de esperar, decidió marcharse. No entendía por qué Ulises no le había avisado. Ni tampoco por qué no le escribía o le mandaba noticias. Estaba desesperada. Ya no sabía qué más decirle. ¿Qué había pasado para que dejara de hablarle? “Es cierto que las cosas no funcionaban del todo bien, pero de ahí al silencio absoluto hay un paso demasiado grande, ¿no?” – pensó. Recogió todo, cerró la puerta de su casa y se fue rumbo a algún pueblo del norte donde empezar una nueva vida. Cuando por fin encontró una casa en la que quedarse, vació la maleta sobre la cama y fue entonces cuando el cuaderno de bitácora cayó con violencia al suelo generando un fuerte ruido, pese a que no recordaba haberlo llevado con ella. Lo miró con desdén y tuvo la tentación de empujarlo debajo de la cama pero, finalmente y sin saber muy bien el motivo, optó por recogerlo, sentarse en un sillón y abrirlo cuidadosamente. Para su sorpresa, encontró en el cuaderno escritos muy recientes de aventuras que Ulises había vivido hacía apenas unas pocas semanas. ¿Cómo era eso posible? ¡Si esa bitácora había estado guardada en un cajón desde hacía meses! Quizás era esto a lo que Ulises se refería en la nota que le había dejado antes de marcharse.

Penélope dedicó los siguientes días a leer todas las historias del cuaderno. Robaba horas al sueño y leía sin parar para conocer cualquier novedad sobre Ulises. Un día, justo cuando abría el cuaderno, se dio cuenta de que había un texto que se estaba escribiendo justamente en ese momento, lo que la maravilló, llenándola de esperanza porque, quizás, al otro lado de esas letras estaba Ulises. Por fin tenía señales suyas.

Las semanas siguientes discurrieron con Penélope pendiente de la bitácora mágica. No sabía a ciencia cierta si realmente los nuevos escritos procedían de Ulises, pero no tenía alternativa; debía confiar en ello o todo rastro para dar con él habría desaparecido.

Un día Penélope pensó que, tal vez, sería buena idea intentar escribir algo en la bitácora. Quizás así lograra entrar en contacto con Ulises y hablar con él tras tanto tiempo. Si funcionaba en un sentido, ¿por qué no iba a funcionar en el inverso? Así, cargada de nerviosismo y curiosidad escribió algunas cosas para probar qué sucedía. Podía sentir los latidos de su corazón golpeándola en el pecho mientras vertía escritos que tenía pendientes, canciones de conciertos a los que habían asistido juntos en el pasado, relatos familiares, momentos felices compartidos que le venían a la cabeza…

Al otro lado, Ulises se sorprendió cuando vio las respuestas de Penélope después de tanto tiempo. Lo cierto es que no esperaba que ella siguiera pendiente de él tras tanto tiempo desaparecido y sin haber recibido respuestas antes. Al leer los escritos de Penélope, sentía ahora una sensación extraña; sentía alivio por saber que ella, en algún lugar, se acordaba de él. Pero, por otro lado, se preguntaba si no estaban ya demasiado lejos el uno del otro y se trataba de una batalla perdida.

Ante la duda, Ulises finalmente optó por responderle. Le escribió y le escribió un día tras otro y recibió respuestas de Penélope con un entusiasmo que ya había olvidado. ¡Había tanto que contar! Ulises y Penélope siguieron escribiendo en la bitácora, contándose sus historias, sus aconteceres y sus sentimientos sin preguntarse el sentido de lo que estaban haciendo. Sin saber muy bien por qué lo hacían pasaron meses hablándose, pensándose y sintiéndose en la distancia. Cuando alguna vez ella caía fruto de la desesperación e insinuaba la posibilidad de dejar de escribir para tratar de no pensar más en él, el siempre le respondía lo mismo para convencerla de que siguiera con él: “no necesito verte para sentirte. Pero si que necesito, al menos, sentirte”.

El único nexo que todavía los conectaba, de algún modo, era esa bitácora. Se había convertido en el centro de todo, en el principio y el fin de ambos, en la prueba de que la suma de ciertas personas arroja un resultado mágico que trasciende lo aritmético. Esa maldita bitácora, tan frágil pero tan duradera al fin y al cabo, en la que los amantes recordaban cómo volar sin red, se revelaba necesaria pero, ¿suficiente? Ninguno de los dos sabía en realidad si algún día volverían a cruzarse sus caminos…

lunes, 20 de abril de 2015

Nos estamos viendo, maestro Galeano.

Hace unos días murió uno de los referentes más importantes para quienes estudiamos y trabajamos con el lenguaje al tiempo que luchamos por hacer de un mundo que está patas arriba, un mundo mejor: Eduardo Galeano.

Su falta se percibirá como tal, porque en adelante parecerá que nos robaron algunas palabras del diccionario. Él y sus libros llenaron innumerables tardes de luz de verano, frecuentes son las conversaciones que tengo comentando su obra y sus enseñanzas. Y por supuesto él tiene parte de culpa en que yo estudiara lo que estudié, eligiera la profesión que me ocupa hoy y disfrute cada día la pasión por el lenguaje que quienes me conocen reconocen.

Por momentos imagino posibles habilidades que contiene su Currículum Vitae: escultor de metáforas, audaz alfarero de belleza dialéctica, guerrillero indignado en un mundo dominado por indignos, lúcido rastreador de identidades, abogado defensor de los nadie, soldador artístico de continentes y contenidos, creador de palabras desnudas de mentiras, sembrador de pensamientos, abono de los campos de sueños, trillador de ideas, mentor de poetas inéditos, poeta militante de por vida, escribano de causas (justas) perdidas…

Con su marcha nos quedamos un poco huérfanos de maestro; Galeano es uno de esos hombres imprescindibles que llenan de significado ese adjetivo que ocupa la famosa cita de Berltolt Brecht y que inspiró este blog en sus primeros años. Hoy me inspira para volver a escribir en él algunas líneas, aunque sea con ocasión de una despedida

Ojalá que, como en este cuento, el silencio no sea eterno y algún día podamos disfrutar de sus enseñanzas como si fuera, de nuevo, la primera vez.

viernes, 31 de octubre de 2014

Ahora.

Ahora que ya nadie pregunta por nosotros en las calles de Madrid,

confieso que me he desenganchado de las drogas que tomé para desengancharme de tí.

Las camas vacías ya no me asustan tanto como las parejas “bien” y sus ataduras consentidas,

y aunque no tenga una musa a la que agarrarme sé que mis manos jamás estarán vacías.

 

Desde mi nueva atalaya junto al mar veo el tiempo avanzar tanto que a veces siento vértigo.

También veo gentes caminando, otras corriendo, unas que emigran y otras que llegan.

Y veo cómo las semanas vuelan pero se arrastran, perezosas, en las tardes de domingo.

Y siento que algunas, a veces, se me clavan como puñales pero, ya ves, también pasan.

 

Una de esas tardes perdí el miedo a ver mi corazón en bancarrota.

Ahora también se qué es del querer cuando el mal uso lo venció.

Y si después de tanto amar y haber amado, vuelvo un día todavía a amar,

no recibiré castigo ni loa, y en mi epitafio se leerá: “lo mereció”.

 

Ahora que ya se que nada es urgente,

decidí no tomarme demasiado en serio.

Por fin he aprendido a hablar conmigo mismo

sin temer que no me guste lo que encuentre.

 

Ahora que encuentro por los rincones de mi casa recuerdos de lo que quise ser,

busco continuamente ventanas por las que lanzar mis escritos huérfanos al aire.

Aunque supongo que también sabes que a veces recojo palabras llenas de viento,

porque gracias a ellas todas las noches tienen un minuto en que puedo volar a tu encuentro.

 

Ahora que nos despertamos de los cuentos que nos contaron de niños,

no nos sorprende descubrir a quién defienden las balas de goma de la policía.

Ahora sabemos que en Wall Street los lobos más feroces son los que no enseñan los colmillos,

y también sabemos que el mejor camello es el que cuando lo necesitas te fía.

 

Ya ves, reconozco que a veces, cuando estoy solo, entono el grito de los cansados.

También echo de menos y reclamo a gritos aquellos largos veranos estudiantiles.

Y vuelvo, por fin, a escuchar canciones de Ismael con las que entonábamos nuestras huidas.

Y me pregunto a ratos qué será ahora de tus labios carnosos abandonados.

 

Ahora que se que ya nada es urgente,

decidí no tomarme demasiado en serio.

Además, por fin he aprendido a hablar conmigo mismo

sin temer que no me guste lo que encuentre.

Ya nadie sabe qué fue de mi hogar, debí perderlo entre andenes;

si algún día me buscas, pregunta por mí donde termina la Nacional Tres.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Una sonrisa de a poquitos.

...el hombre pobre, que nunca había tenido mucho de nada, y sabía que vale más un poquitín de algo que nada de nada, cayó en la cuenta de que su sonrisa era un pequeño tesoro que le haría sentir algo menos triste, algo menos solo, algo menos apenado y algo menos cansado de la vida. Sobre todo si la compartía. Porque las sonrisas tienen algo mágico, te reconfortan, te animan y te hacen sentir mejor. Es por esto que las sonrisas son tan valiosas que no se pueden ni vender ni comprar. Se han de compartir.

Albanell, P. (2010). Una sonrisa de a poquitos, en F.Theodora, Cuentos a la orilla del sueño. 26 Sonrisas y una ilusión

lunes, 13 de octubre de 2014

Destinos humildes.

…era muy hábil. Delgado y fino como era, parecía capaz de adaptarse a cualquier hueco.

Su destino en la vida no era otro que el de buscar vacíos que llenar…

Y llenarlos.

Joseph Roth.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Es el ébola, idiotas.

Contexto y antecedentes: el pasado fin de semana tuvieron lugar en Madrid unas oposiciones de Enfermería la mar de entretenidas. Se presentaron nada menos que 34.000 enfermeros para 1.600 plazas.

Como todos sabemos, el ambiente en una competición de esa naturaleza no es jovial, ni distendido, ni de andar por casa. El horno no estaba para bollos.

Sin embargo, el Consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, que como ya es habitual en los de su partido -y en los del de enfrente-, no perdió la ocasión para meter la pata, afirmó sin pensarlo dos veces: "esto demuestra que se valoran los Servicios Sanitarios de Madrid". Toma castaña. Unos tratando de hacer oficio de su vocación en una competición dramática y otros, como siempre, haciendo brindis al sol y saliendo en las portadas de los medios.

Hoy sabemos que esos mismos Servicios Sanitarios de Madrid habían mandado a casa a la primera enfermera infectada por ébola 5 días antes, demostrando que tal vez la calidad del sistema sanitario de Madrid y de su gestión está, gracias a la labor decidida de ese consejero y de sus numerosos antecesores , por debajo de la valoración que, según él, hacen los madrileños del mismo.

Hoy sabemos, también, que no se había preparado un protocolo de actuación en situación de crisis. Ni se había formado correctamente al personal que habría de afrontar en primera línea una posible epidemia. Tampoco se habían repartido trajes ni equipamiento adecuado para ello pese a que hace muchos meses que se conocía la amenaza. ¿Pa' qué?

¿De verdad sólo cabe pensar que es que en España somos así de idiotas? ¿Que estamos gobernados por memos y, además, lo consentimos? ¿De verdad basta con que el Presidente invisible de un Gobierno en actitud de flagrante pasividad afirme sin más que el contagio "no es fácil"?

Lo que cada día queda de manifiesto es que estamos gobernados por una banda de inútiles que han perdido el miedo a rendir cuentas a los ciudadanos, quienes deberían darle más miedo que el propio virus del ébola. ¿Se convertirá esta crisis sanitaria en el empujón que faltaba para derribar el Régimen podrido del 78?