sábado, 21 de junio de 2008

18 Meses

Ramón Cotarelo
Ese es el tiempo máximo que las autoridades pueden tenerte chapado por mera decisión administrativa si eres un "ilegal", un "sin papeles" extracomunitario. Es verdad que tienes derecho a recurrir en demanda de una revisión judicial de tu caso, pero ésta sólo se hará "lo antes posible" y no en el plazo máximo de 72 horas que proponía una enmienda de las muchas rechazadas ayer en el Parlamento Europeo. O sea, que la policía puede darte una patada y echarte del país y, para cuando llegue un auto judicial, puedes llevar año y medio retornado a tu adorable tierra natal

Con la llamada directiva de la vergüenza las autoridades comunitarias dicen que pretenden "garantizar los derechos de los inmigrantes", como reza la foto de más arriba, que he sacado de la página web del Parlamento europeo. ¿Qué derechos? ¿El de libertad de circulación, el de habeas corpus, la inviolabilidad del domicilio, el acceso a la justicia, etc? Esta doblehabla orwelliana está afianzándose en la Unión Europea. ¿No señalaba hace poco la señora Marjeta Cootman, ministra eslovena de Trabajo e impulsora de la directiva de las sesenta y cinco horas que ésta: "ofrece protección para los trabajadores y trabajadoras y flexibilidad en la ordenación del tiempo de trabajo"? Igual que la directiva sobre el retorno de los inmigrantes ilegales: una garantía para ellos. Creo que la Comisión anda buscando alguien que la ilustre sobre esa magnífica idea de hacernos pagar también por las llamadas de móvil que recibimos. Se acabó la peste de los mòviles en las cabinas de los trenes y el asiento contiguo en el autobús. Porque, con semejante ideaza, la gente utilizará mucho menos el móvil y mucho más la red, cosa que ahora no sucede. Lo dicho, una ideaza que habría que extender a todos los demás clientes: si, al pasar, el frutero te ofrece un kilo de pimientos, aunque digas que no ya le debes un porcentaje del precio; si una gitana te ofrece la buenaventura, al oírla, ya estás en deuda con ella. Y (¿por qué no?) el sello de las cartas que lo pague el que las reciba; sí señor. De acuerdo con la doblehabla, la medida podría justificarse diciendo que, de este modo, se facilita el trabajo al sector publicitario que es uno de los que tienen más "tirón" del PIB.

Los dieciséis eurodiputados socialistas españoles que votaron a favor de la directiva de la vergüenza tienen el honor de compartir voto con el Partido Popular europeo y el grupo Unión por la Europa de las Naciones aun más de derechas. Se salvan algunos, escasos, dirigentes, como José Borrell o Raimon Obiols, pero los otros síes socialistas son un baldón al que ya se ha ido acercando el PSOE al abstenerse nuestro representante en la votación de la directiva canalla de las sesenta y cinco horas.
Lo anterior, como derecho al pataleo. Viene ahora pensar en qué se dice, si es que se va a decir algo. Corre por la red una convocatoria a una huelga general creo que para el próximo quince de julio. No estaría mal: la primera huelga general montada en la red y una huelga verdaderamente internacional. ¿No somos los europeos los destinatarios finales de esa norma en protección de las garantías de los trabajadores? Bien podemos ser los europeos quienes demos una respuesta unitaria a la agresión del capital. Y, de paso, metemos lo de los inmigrantes.

jueves, 12 de junio de 2008

De conejos y elefantes



En la actualidad no resulta raro justificar la ignorancia. Es la tónica de nuestra época. Da lo mismo que da igual. Un elefante puede ser transformado en un conejo. Todo es cuestión de perspectiva, basta con una definición pragmática. Así, el único representante perteneciente a la familia de los lepóridos del genero ortalagus color gris o pardo en su estado salvaje con cabeza ovalada, ojos grandes de hasta tres kilos de peso y pudiendo medir unos 60 centímetros pierde estas características inherentes a su condición para transformarse en un “mamífero de cuatro patas, colmillos prominentes, orejas grandes, cola corta y color gris”. Sin mas propiedades que las enunciadas se considera una definición aceptable para los tiempos que corren. Es parte de una razón pragmática. El conocimiento entra en la mediocridad del saber. La enseñanza de mínimos provoca el aletargamiento de los sentidos, sobre todo el común, hasta adormecer la capacidad de raciocinio. Ya no podrá resultar extraño acudir a los parques zoológicos y oír vehementemente exclamar a padres y niños frente a la estancia de los elefantes “miren que hermoso este conejo gigante”. Es mamífero, tiene cuatro patas, colmillos prominentes, orejas grandes y cola corta. Y si existen conejos enanos, ¿por qué no conejos gigantes? Así, el mayor mamífero sobre la Tierra, de trompa musculosa, gran cabeza, cuello casi inexistente, perteneciente a la orden de los proboscidios, con un peso de más de cuatro toneladas y que llega a medir según sea asiático o africano entre 2.5 y cuatro metros de altura se equipara por arte de birlibirloque en un conejo descomunal. Para los defensores de las definiciones de mínimos y del todo vale debe ser humillante esta comparación. Con lo sencillo que resulta unificar todos los mamíferos bajo cualidades comunes. Un mismo orden, una misma familia, un mismo genero. Total son mamíferos, no hay diferencias.


Si trasladamos este argumento a la definición de conceptos sociales y al debate político, el problema adquiere dimensiones catastróficas. Con ello trato de subrayar la idea presente en algunos intelectuales, autodefinidos de izquierda, asesores de gobiernos, disque progresistas, que minimizan y restan importancia teórico en favor de una práctica dicen que apegada al terreno y los hechos. Hay que ir a lo concreto. Para dichos militantes de lo inmediato, cualquier tipo de situación donde se plantee pensar antes que actuar es ya una herejía. Un absurdo. Se cae en un mundo de abstracciones sin vínculo con el trabajo político. Preocuparse por ello, retrasa la lucha y los objetivos del movimiento contra el sistema. Es una pérdida de tiempo. Supone malgastar esfuerzos. Para que preocuparse en las definiciones y en el significado de las palabras. Al imperialismo no se le estudia, se le combate. Y si por algún menester hay que conocer sus entrañas mejor que lo hagan quienes estén autorizados para ellos. Gurús. Llegar a la vulgarización y a la mala caricatura. Una formula de acortar el camino hasta no saber cuál era el itinerario, dónde se quería llegar, ni cuáles eran los problemas planteados. Es decir se abandona el programa, el proyecto, la alternativa, el socialismo, la lucha por la liberación, la democracia, la autonomía. Todo con el proposito inmediato de subrayar la muerte del capitalismo hoy mismo. Bueno, tal vez para mañana y como mucho para la próxima semana. En definitiva, cualquier cosa es mejor que reflexionar sobre lo que se hace y cómo se hace. Pensar en ello retrasa la revolución.


Por este motivo es necesario reivindicar el rigor en la definición de los conceptos y las categorías. Restarle importancia a esta demanda es desligar la lucha teórica de la lucha política. La izquierda debe construir un lenguaje para interpretar el mundo y apropiarse de la realidad. Si no somos capaces de recrear la alternativa desde abajo, recuperando la centralidad de la política, las opciones y las agendas quedan en manos del orden dominante y del poder hegemónico. Nos vemos atrapados en sus redes. Obligados a vivir su mundo. Si no tenemos palabras propias, nuestras experiencias son vividas desde la dominación y la alienación. Como sujetos castrados dentro del mercado, el capitalismo del siglo XXI no se verá cuestionado. La lógica contrasistémica conlleva recuperar la ciudadanía política y la sociabilidad democrática desde principios éticos. No es posible la recuperación de espacios de libertad social, justicia e igualdad sin romper el lenguaje de la explotación y la colonialidad del saber.


Si en la actualidad la derecha gana la batalla por enunciar y construir la realidad, es el momento de revertir el proceso y enfrentarnos al problema. Desde hace tiempo se impone una flacidez teórica. Una indolencia intelectual. Se trata de una dejación. Da igual que los gatos sean blancos o negros, lo importante es cazar ratones. Si es así, los conceptos y las categorías no se distinguen. Basta con tener un pensamiento nuboso y miope, capaz de entrever perfiles. Muchos han picado el anzuelo y han tragado el cebo. Defensores a ultranza de conceptos como gobernanza, gobernabilidad, liberalización, reforma del Estado, biocombustibles o sociedad de la información no son conscientes de su condición de loritos repetidores. Declaman y repiten palabras minuciosamente elaboradas por fábricas de conceptos de la derecha neoconservadora en Estados Unidos y en menor medida en Europa occidental. Son consumidores compulsivos de teoría anglosajona y se sienten cómodos aceptando sus fundamentos teóricos. En otras palabras, son parte del sistema, por ello, los integra, los financia. Es una izquierda compatible, sumisa a la cual se puede financiar. Es una parte de su mundo. Comparte su lenguaje y su cosmovisión. La lucha teórica es parte de la lucha política. Una imagen no vale más que mil palabras. Mil palabras constituyen una imagen. La guerra por la palabra está servida. De ello dependen la lucha por la liberación socialista, democrática y anticapitalista.

martes, 10 de junio de 2008

Fútbol Perpetuo


Ignacio Ramonet
Le Monde Diplomatique

Va a ser un mes futbolero. En Suiza y Austria comienza, el 7 de junio, la Eurocopa. Dieciséis selecciones nacionales se enfrentan, en 31 partidos, hasta la final del domingo 29 en Viena, en el remozado recinto Ernst Happel (antiguo Estadio Prater, usado durante la Segunda Guerra Mundial como campo de detención de judíos austríacos...).

Austria espera la llegada de entre 1,5 y 2 millones de visitantes. ¡Un incremento del 25% de su población! Poca cosa sin embargo, comparado con los quince mil millones de telespectadores que verán la competición en sus receptores (1). Esa colosal masa de consumidores constituye Eldorado que muchos codician. El fútbol se ha convertido en un espectáculo de pantalla. Pertenece menos al mundo del esfuerzo físico que a la esfera de la cultura de masas. Sus estrellas son las personalidades mediáticas más universales. En el reciente Festival de Cannes, el "futbolista del siglo" Diego Maradona -a quien el cineasta Emir Kusturica ha consagrado un documental- ha sido el "divo" más aplaudido.

Y Ken Loach, uno de los más prestigiosos directores cinematográficos (ganó en Cannes la Palma de oro en 2006 con El Viento que agita la cebada ), está realizando, con otro jugador mítico, Eric Cantona, una película sobre los hinchas del Manchester United, vencedor de la última Liga de Campeones.

El fútbol es más que un deporte. Como dicen los sociólogos, es un "hecho social total". Traduce la complejidad de una época. Seduce por sus reglas sencillas. Por su combinación de talentos individuales y de esfuerzo colectivo. Es una metáfora de la condición humana. Con más perdedores que ganadores. Donde no todo es épica. Los más afanosos, como en la vida, no siempre ven sus esfuerzos recompensados. Hay reveses de fortuna, fullerías, injusticias. A menudo también malos tragos y desesperación.

Asimismo, es una alegoría de la guerra (o de la lucha por la vida). Su terminología lo delata: "atacar", "defender", "disparar", "contratacar", "resistir", "fusilar", "matar", "vencer", "derrotar". Ver un partido puede provocar ansiedad, estrés... y hasta infartos.

Es también el deporte político por antonomasia. Se sitúa en la confluencia de cuestiones contemporáneas como la pertenencia, la identidad, la condición social, e incluso -por su carácter victimario y místico- la religión. Con sus graderíos abarrotados, los estadios se prestan a los ceremoniales nacionalistas y a los rituales identitarios o tribales que desembocan a veces en enfrentamientos entre seguidores fanatizados.

Algunos califican al fútbol de "plaga emocional" o de "peste delirante". Otros siguen considerando que es el deporte-espectáculo más fascinante. Aunque no ignoran sus lacras que la globalización ha agravado. Porque ésta enardece la pasión por el dinero y valoriza sobre todo los aspectos económicos.

A propósito de la Eurocopa, los patrocinadores (bebidas, ropa deportiva, automóviles, etc.) han pagado más de 400 millones de euros. Y los derechos de difusión por televisión y telefonía móvil, adquiridos por 170 países, se han vendido por más de mil millones de euros. La FIFA dispone de un presupesto superior al de un país como Francia, y espolea el proceso de liberalización económica del fútbol.

Adidas, Nike, Puma y Umbro inundan el planeta con sus mercancías-fetiche: botas, camisetas, balones, fabricados en las zonas más empobrecidas del mundo, por obreros sobreexplotados, y vendidos a precio de oro en los países ricos. Una camiseta deportiva, que cuesta en España unos 75 euros, equivale a tres meses de sueldo de un niño-trabajador de la India. El fútbol deja ver así las contradicciones y las explotaciones que singularizan a la globalización, y sus desigualdades más manifiestas.

Algunos equipos se cotizan ahora en Bolsa como cualquier valor. De modo que lo que está en juego en ciertos partidos, sin que lo sepan los aficionados ni los futbolistas, es el alza o la bajada del precio de la acción del equipo-empresa. Por ambición de lucro, muchos millonarios invierten en clubes de fútbol. Sobre todo de la Liga inglesa. El más conocido es el ruso Roman Abramovich -el ciudadano de menos de 40 años más rico del mundo (13,7 mil millones de euros)-, propietario del Chelsea. O el multimillonario estadounidense Malcolm Glazer comprador, por más de mil millones de euros, del Manchester United. O el también ruso, Alexandre Gaydamak, de 32 años, dueño del Portsmouth, ganador, en mayo pasado, de la Copa de Inglaterra. El objetivo de estos inversores es el de aumentar al máximo la rentabilidad. Imitando el modelo del capitalismo deportivo norteamericano.

Resultado de esta globalización del fútbol inglés (que quieren imitar las demás Ligas europeas): los equipos británicos acaparan a los grandes jugadores. En el Campeonato del mundo de Alemania, en 2006, la Liga inglesa aportó el mayor número de seleccionados internacionales (14%). Y los clubes ingleses han dominado este año la Liga de Campeones. Revés de la medalla: algunos de los conjuntos más célebres, como el Arsenal, no alinean a ningún jugador inglés. Peor aún, el equipo nacional de Inglaterra no consiguió ni siquiera clasificarse para la fase final de la Eurocopa.

El mercado, el dinero y la ausencia de escrúpulos están imponiendo en el fútbol la ley del más rico. Aunque -por un mes- la Eurocopa haga ilusión, el patriotismo de las marcas privadas se está imponiendo. Así lo determina la tiranía del mercado.

A veces se califica de "opio del pueblo" a la religión para subrayar su función alienante y su vocación de distraer a la gente de la explotación a la que es sometida. El fútbol tiene hoy idéntica función. Por eso la globalización quisiera condenarnos, en cierto modo, a fútbol perpetuo. Para domesticarnos. Para que nunca despertemos de la nueva enajenación. ¿Hasta cuándo?

Notas: (1) En audiencia acumulada.

lunes, 9 de junio de 2008

¿Políticos hipócritas?


Hace alrededor de un mes, el diario EL PAÍS publicaba esta noticia en la que se pone de manifiesto, una vez más, la hipocresía ¿natural? del género humano, potenciada sin límite por el ansia de poder, y que en los últimos lustros presenta un especial índice de concentración geográfica en el Levante español.

La lectura de noticias de este tipo, da lugar normalmente al vulgar comentario de que los políticos son todos unos corruptos, el cual no voy a entrar a criticar porque sea falso, sino más bien porque viene a ser una verdad a medias. Una verdad a medias porque trata de ocultar el problema real de fondo, que no es otro que los políticos son el reflejo de una sociedad; son los individuos que se salen del grupo para tratar de liderarlo, representarlo, gobernarlo, en nombre del grupo al que pertenecen. No son una estirpe diferenciada del resto de la sociedad, ni semidioses que posean especiales características. Por lo tanto, cuando decimos que los políticos son unos corruptos, lo que tenemos que ser capaces de ver, es que éstos no están sino actuando como actuaría hipotéticamente cualquier otro individuo de la sociedad a la que pertenecen si estuviera en el lugar del político.

No vale, pues, mantener la fácil actitud de "los políticos son todos unos corruptos", sin más, como excusa para huir de calentarse la cabeza y entrar en el mundo de la reflexión política o filosófica, precisamente porque cuando lo hacemos caemos en la misma actitud hipócrita que estamos denunciando, eludiendo nuestra responsabilidad como seres sociales y convirtiéndonos en meros idiotas aristotélicos, al tiempo que demostramos la fatal escasez de esa hoy en día extraña cualidad que antaño se denominaba integridad.