Hay quienes luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero los hay que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles.
domingo, 26 de julio de 2009
martes, 9 de junio de 2009
Piénselo dos (o tres) veces
Arturo Pérez-Reverte
XLSemanal 24 de Mayo de 2009
Permítame un consejo, caballero. Si se tropieza con un fulano que le está dando una felpa a su legítima, o sucedáneo, piénselo dos veces, incluso tres, antes de meterse en jardines. Estoy de acuerdo en que esas cosas no deben tolerarse. Admito, además, que no permiten reflexión previa, pues actúa el piloto automático. Todo depende de la casta y virtud de cada cual. En principio, ante tales situaciones se es un mierdecilla o un tío decente. Ésa es la teoría ética. Pero estamos en España. Si defiende a señoras maltratadas, sepa a qué se expone. Una juez de Vigo nos lo recordó hace unas semanas, calzándole 3 meses de cárcel y 15.550 euros de multa a un joven de allí. Éste había cometido la ingenuidad de impedir que un pavo maltratase a su pareja. Le afeó la conducta y recibió un cabezazo. Entonces se lio la pajarraca, y el defensor de la moza le dio al otro una patada en la cara, rompiéndole la mandíbula.
Lo instructivo no es que el juicio se haya celebrado tres años después, ni que la defendida –como es frecuente– defendiera al que le zumbaba, en plan soy de mi Paco y puede darme hasta con la hebilla, si quiere. La lección cívica del asunto reside en que la juez, aun admitiendo que la defensa fue oportuna y que el primer leñazo lo sacudió el maltratador, empitonó al defensor de doncellas pese a que la sentencia reconocía que su reacción inicial «fue legítima», que el otro le dio el cabezazo «con ánimo de menoscabar su integridad física» y que el joven largó la patada «para repeler la agresión y evitar que continuase». Pese a lo cual, la juez estimó que la patada en el careto fue, sin embargo, «un exceso defensivo que no puede estar ya justificado por una notoria desproporción en el mismo». Dicho en cristiano, que el joven tenía que haberse defendido, pero menos. Con la puntita nada más. Dando unas pocas bofetadas con la mano abierta, o con unos calculados puñetacitos en el hombro. Una pelea civilizada, vamos. Políticamente correcta. De esa manera, el otro, acojonado, habría dejado de darle cabezazos. Seguro.
Me va a perdonar la juez de Vigo. De tribunales sabrá mucho, pero de peleas no tiene ni puta idea. Tampoco es que yo sea un experto. Me apresuro a matizarlo, por si acaso. Siempre fui –lo juro por el cetro de Ottokar– un cruce de osito Mimosín, Bambi y conejillo Tambor. Más o menos. Pero cualquiera que haya visto atizarse de verdad a dos tíos –la calle no es el cine– sabe que cada cual se las arregla como puede, y una vez metido en faena no anda calculando con qué da y dónde lo hace. La defensa con manos desnudas sólo es excesiva o desproporcionada si te ensañas cuando ya tienes al otro en el suelo. Mientras, se pelea para tumbarlo, con la sangre caliente y con la pericia y el coraje disponibles, procurando dejar fuera de combate a un adversario que, mientras colee, se revolverá contra ti. Y eso es lo que hay que evitar: que colee. Hasta ahí es razonable. Cuando se esparrama de tú a tú, con dos jambos dándose estiba, la desproporción viene si uno de ellos echa mano de herramientas que desequilibran la cosa, como un objeto contundente o una navaja empalmada. E incluso en tales casos lo desproporcionado es relativo. No es igual vérselas con uno de tu misma edad y calibre, que ser un tirilla de sesenta kilos delante de un animal de dos metros de largo por uno de ancho, o tener que zafarse de cuatro o cinco que te están breando o te van a brear. Ahí, a veces hay que echar mano a algo: una silla, una botella. En cualquier caso, y con permiso de la juez de Vigo, del Código Civil y del Código Da Vinci, lo aconsejable siempre es madrugar. Ser rápido, brutal y eficaz en la medida de las posibilidades que ofrezca tu forma física y tu propio cuerpo. Tu edad y tu destreza. Quien pelea lo hace para ganar, no para que lo inflen, si puede evitarlo. Si no, lo mejor es no meterse. Así que ya me dirán ustedes, en ese contexto, si va a andar uno calculando dónde pega la patada, si el golpe lo da con el puño o con la palma, si la fuerza que aplicas al leñazo que consigues colocarle al otro para menoscabar su integridad física es proporcionada, o si vulnera el artículo 33, apartado 48 bis, de la ley integral de Hostias Callejeras.
Resumiendo: cuando ayudas a una mujer, asumes una posible pelea. Y, de igual a igual, ésta no hay forma de ganarla si no es rompiéndole la cara al otro. Así que en Vigo han hecho mal tercio a las maltratadas y a los pardillos que aún las defienden. La letra de la Ley es imperfecta, y el sentido común de quienes juzgan debe templar sus errores y lagunas. Puesto que a ningún maltratador se lo disuade con palabras o una simple bofetada, la sentencia de Vigo sitúa el problema en un punto imposible. O te dejas machacar y pierdes la pelea, como el profesor Neira, o te buscas la ruina si la ganas. Hagas lo que hagas te la endiñan, y sólo aplauden si entras en coma. Eso es un disparate. Uno más de esta absurda Justicia nuestra, que siempre privilegia al canalla sobre las personas decentes. Quizás algunos jueces deberían darse una vuelta por la calle. Por la vida.
sábado, 2 de mayo de 2009
Mensaje Oficial para el Día Mundial del Teatro 2009
Por Augusto Boal
Todas las sociedades humanas son espectaculares en su vida cotidiana y
producen espectáculos en momentos especiales. Son espectaculares como
forma de organización social y producen espectáculos como este que
ustedes han venido a ver.
Aunque inconscientemente, las relaciones humanas se estructuran de forma
teatral: el uso del espacio, el lenguaje del cuerpo, la elección de las
palabras y la modulación de las voces, la confrontación de ideas y pasiones,
todo lo que hacemos en el escenario lo hacemos siempre en nuestras vidas:
¡nosotros somos teatro!
No sólo las bodas y los funerales son espectáculos, también los rituales
cotidianos que, por su familiaridad, no nos llegan a la consciencia. No sólo
pompas, sino también el café de la mañana y los buenos días, los tímidos
enamoramientos, los grandes conflictos pasionales, una sesión del Senado o
una reunión diplomática; todo es teatro.
Una de las principales funciones de nuestro arte es hacer conscientes esos
espectáculos de la vida diaria donde los actores son los propios
espectadores y el escenario es la platea y la platea, escenario. Somos todos
artistas: haciendo teatro, aprendemos a ver aquello que resalta a los ojos,
pero que somos incapaces de ver al estar tan habituados a mirarlo. Lo que
nos es familiar se convierte en invisible: hacer teatro, al contrario, ilumina el
escenario de nuestra vida cotidiana.
En septiembre del año pasado fuimos sorprendidos por una revelación
teatral: nosotros pensábamos que vivíamos en un mundo seguro, a pesar de
las guerras, genocidios, hecatombes y torturas que estaban acaeciendo, sí,
pero lejos de nosotros, en países distantes y salvajes. Nosotros que vivíamos
seguros con nuestro dinero guardado en un banco respetable o en las
manos de un honesto corredor de Bolsa, fuimos informados de que ese
dinero no existía, era virtual, fea ficción de algunos economistas que no eran
ficción, ni eran seguros, ni respetables.
No pasaba de ser mal teatro con triste enredo, donde pocos ganaban
mucho y muchos perdían todo. Políticos de los países ricos se encerraban en
reuniones secretas y de ahí salían con soluciones mágicas. Nosotros, las
víctimas de sus decisiones, continuábamos de espectadores sentados en la
última fila de las gradas.
Veinte años atrás, yo dirigí Fedra de Racine, en Río de Janeiro. El escenario
era pobre: en el suelo, pieles de vaca, alrededor, bambúes. Antes de
comenzar el espectáculo, les decía a mis actores: “Ahora acaba la ficción
que hacemos en el día a día. Cuando crucemos esos bambúes, allá en el
escenario, ninguno de vosotros tiene el derecho de mentir. El Teatro es la
Verdad Escondida.”
Viendo el mundo, además de las apariencias, vemos a opresores y oprimidos
en todas las sociedades, etnias, géneros, clases y castas, vemos el mundo
injusto y cruel. Tenemos la obligación de inventar otro mundo porque
sabemos que otro mundo es posible.
Pero nos incumbe a nosotros el construirlo con nuestras manos entrando en
escena, en el escenario y en la vida.
Asistan al espectáculo que va a comenzar; después, en sus casas con sus
amigos, hagan sus obras ustedes mismos y vean lo que jamás pudieron ver:
aquello que salta a nuestros ojos. El teatro no puede ser solamente un
evento, ¡es forma de vida!
Actores somos todos nosotros, el ciudadano no es aquel que vive en
sociedad: ¡es aquel que la transforma!
Augusto Boal
viernes, 1 de mayo de 2009
Tour África 2009 de Benedicto XVI
Con algo de retraso, pero más vale tarde que nunca, quería expresar mi pesar por el hecho de que Su Santidad el Papa Benedicto XVI no haya sido recibido como se merece (que cada cual entienda aquí lo que quiera) en los paises africanos que visitó el mes pasado, además de haber levantado en occidente múltiples críticas en su afán de evangelización del territorio africano, donde según datos del Vaticano, el cristianismo es la religión que más se extiende (qué van a decir). He de decir que en un primer momento esta visita me produjo lo mismo que me genera la mayoría de las acciones de la jerarquía eclesiástica: repulsa. Pero más tarde, aprendí a tomármelo con humor, y me acordé de una escena que bien le podrían haber puesto en pantalla gigante a Su Santidad a su llegada a Camerún.
jueves, 30 de abril de 2009
miércoles, 29 de abril de 2009
Mercado libre
¿Hasta dónde? ¿Hasta dónde puede llegar el mercado abandonado a la libertad absoluta de transacción de quienes mueven sus hilos? ¿Todo acuerdo privado entre dos personas es una transacción igualitaria, libre y legítima? ¿Toda compraventa es justificable? ¿Hasta dónde puede llevar a una persona sin recursos la perentoria necesidad de sobrevivir en un mundo así? ¿Hasta dónde pueden llevar a otra sus más secretos deseos si su fortuna le permite comprarlos? ¿A dónde conduce, en extremo, el deseo de poder, de posesión de personas y cosas? ¿Hasta qué inconfesables deseos puede conducir la insaciable capacidad de conseguir cuanto se antoja? ¿Hay algún límite al deseo humano?
Desafueros bolonianos
Carlos Taibo
Público
La discusión relativa al proceso de Bolonia choca frontalmente con un obstáculo: pese a que sobran las razones para concluir que el proceso en cuestión arrastra demasiados elementos conflictivos, nuestros gobernantes han decidido que su aplicación es inexcusable.
Si desde hace tiempo la UE está empeñada en asumir ambiciosas pulsiones de mercantilización y privatización, a duras penas cabría imaginar que la enseñanza universitaria quedase al margen de aquellas. Bolonia es hoy la punta de lanza principal al respecto. Mientras, por un lado, reclama una presencia creciente de las empresas en la universidad, por el otro apuesta por activas políticas de reducción del gasto público.Si lo primero es inquietante –tanto más para quienes pensamos que en las sociedades opulentas hay que reducir la producción y el consumo al tiempo que se desarrollan la vida social y el ocio creativo–, lo segundo configura una agresión contra viejas políticas redistributivas, como lo testimonian la sustitución de becas por créditos o el encarecimiento general de los estudios que bebe del nuevo sistema de posgrados (aunque estos tengan precios públicos, los títulos de grado que se alcanzarán con anterioridad tendrán un valor menor, con lo que la obligación de cursar posgrados se traducirá en un encarecimiento inevitable de la inversión necesaria para rematar los estudios).
Hay otra cara de la cuestión a la que apenas se presta atención: si el proceso de Bolonia se aprobó en un momento de bonanza económica, su aplicación coincide con una etapa de crisis y recesión. Esto es más importante de lo que pueda parecer, por cuanto pone en un brete el despliegue de los elementos saludables –alguno hay– que el proceso acarrea. Así, el establecimiento de límites en el número de alumnos por grupo debería traducirse, por fuerza, en un incremento sensible en el número de profesores. Nada más lejos, sin embargo, de una realidad llamada a convertirse en un poderoso estímulo para la explotación de los docentes peor pagados y de los becarios, en contra de la excelencia que se preconiza. Es probable que, si hasta ahora las protestas contra Bolonia han sido protagonizadas por estudiantes, en adelante se sumen a ellas muchos profesores inquietos por las consecuencias, esperables, de su aplicación. Hay quien agregará que los partidarios acérrimos de Bolonia deberían preguntarse si esas empresas cuya presencia en la universidad añoran, ocupadas hoy en menesteres más prosaicos, no le van a dar ostentosamente la espalda.
Ni siquiera cabe dar por demostrado el buen sentido de muchos de los cambios que deben introducirse en el sistema de enseñanza. El carácter uniformizador de esos cambios –la presunción, por ejemplo, de que la proliferación de seminarios y clases prácticas mejorará la formación de los alumnos– merece una discusión que se ha esquivado de la mano de la aceptación resignada de lo que viene de arriba. En tales condiciones, y aunque la demanda de una moratoria en el despliegue del proceso acarrea algún elemento de racionalidad, lo suyo es que nos preguntemos si, frente a la aplicación manu militari que han postulado hasta ahora nuestros gobernantes, no se impone discutir, en serio, y desde el principio, qué modelo de universidad y qué modelo de sociedad queremos.
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