lunes, 12 de mayo de 2014

Villancico remoto.

Hubo un tiempo en que el musgo estuvo entre mis manos.

Acercaos…

Parecía murmurar en las rocas.
El verde intenso es siempre guardián de la alegría.
Dicen que el musgo duele y acaso eso sea cierto
pero en la infancia el frío todavía no existe.

Yo tuve un cielo claro de abuelos y estrellas,
una casa en solsticio y un jardín en el alma.
Con musgo construimos la noche más extensa
mientras el río y la nieve celebran sus bodas.

Cómo no iba a dejarme hechizar por el fuego,
irrepetido siempre aunque en el mismo sitio.
Los ancianos del pueblo rememoraban cantos
tan hondos que sanaban a fuerza de ser tristes.

Ya no queda la escarcha ni el musgo ni el solsticio.
La claridad precisa del río es un relámpago.
Cuántas veces la vida cambia hogar por sendero,
como niño por hombre y sonido por ruido.
Ahora comprendo el tacto implacable del frío,
reconozco el peor: el que hiela por dentro.

Bajo las noches largas del filo de diciembre
sigo buscando el musgo que me devuelve a casa.

Raquel Lanseros

lunes, 5 de mayo de 2014

Viaje líquido.

Hace unos días que me siento líquido. Indefinido. Maleable. ¿Será un brote agudo de (des)ilusión posmoderna? ¿Será que un fantasma llamado Bauman recorre Europa y no deja títere con cabeza? ¿Será un desvelo de nihilismo lúcido buscando una luz en la oscuridad? Quizás sea todo y nada a la vez.

A veces viene bien tener esta sensación, me digo; ayuda a no enmohecerse, a no “con-formar-se” (salvo cuando te das cuenta de que, efectivamente, no tienes “forma” ninguna, lo cual en ocasiones es difícil de llevar). Permite no dar nada por sentado, soltar la mente y vacilar de todo. Suelo comentar a mis amigos que una ventana es una herramienta perfecta para comenzar el vuelo; ventanas de habitaciones, de trenes, de oficinas... Ventanas que se convierten en lanzaderas hacia algún lugar que, con suerte y algo de inspiración, puede ser interesante.

En esas estaba yo hace unos días, metido en un tren quilométrico (más de veinte vagones formaban el convoy), lleno hasta las trancas de gente de todo tipo, cada uno de su padre y de su madre. En otras circunstancias, cabría pensar que podíamos viajar armoniosamente, como personas civilizadas, cada uno a lo suyo sin molestar al vecino pero, como dice un buen amigo mío, para lo relativo al silencio y el respeto parece que en este país el cochino nos salió mal capado. Así, el vagón se convierte en una especie de camarote de los hermanos Marx en el que se mezclan conversaciones y sonidos onomatopéyicos de lo más variado. Al mismo tiempo que dos o tres viajeros hablan a gritos por el móvil en una aparente lucha simultánea contra la falta de cobertura y de inteligencia de sus respectivos interlocutores, un par de niñas se pelean por entrar al aseo del vagón mientras su dimitido padre -dícese de todo progenitor que omite su deber de actuar como tal- hace como que no se entera ni de ellas ni de  los otros tres viajeros que aguardan para hacer uso del evacuatorio. En estas, hace acto de presencia el revisor, un tipo extraño, con gafas, la cara algo torcida y una barba incompleta que invita a pensar que le han arrancado a tirones algunos pelos –probablemente algunos viajeros desesperados en el pasado, pienso para mí-. Con la tranquilidad de quien convierte una costumbre –aunque singular- en un derecho, hace una breve exploración visual del vagón y de quienes allí nos encontramos y decide unirse a la fiesta. Tras comprobar que todos tenemos nuestros respectivos billetes en regla, se pasa los siguientes minutos paseando de un lado a otro del vagón, como un péndulo, haciendo comentarios picantes a las mujeres con su voz chillona y deleitando a todo el mundo con anécdotas extravagantes que le dejan a uno cara de no saber si viaja en la RENFE o en el tren de Amanece que no es poco.

Como decía, en ese tren viajaba yo camino del sur, cuando me puse a mirar por la ventana para evadirme. Y fue entonces cuando me di cuenta de que estaba líquido.

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Líquido. Es un estado que yo siempre digo que puede sentar bien o mal, según como te pille. Hay días en que te ves capaz de todo, sin saber muy bien hacia dónde encaminar tu vida, pero en el buen sentido. Levantas la mirada y piensas que podrías ser dueño de un gastro bar en Vancouver, asesor político en cualquier gobierno importante o quiosquero en un barrio perdido de alguna gran ciudad. O todo a la vez. Sin ningún problema. La ventana de posibilidades se antoja inmensa y ello te hace sentirte poderoso, enérgico, omnipotente.

Otros días, misma situación pero sentido inverso. Ves tantas posibilidades que te cuestionas hasta quién eres. Tanto piensas que vales para todo, que acabas rallando el disco y pensando que, quizás, no valgas para nada. Y en esas continúas, descendiendo paulatinamente hacia la oscuridad de una crisis de identidad reforzada por las presiones del entorno social, que repite sin descanso el discurso de que quien no “vale” para algo concreto, quien no tiene un camino sólidamente determinado a cierta edad, sencillamente no vale. Y en los tiempos actuales de dictadura monetaria y financiera “no valer” no sólo significa no tener valor de cambio, sino no existir.

Continúo asomado a la ventana, abstraído del mundo con la ayuda del traqueteo mecánico del tren. Trato ahora de dar algo de forma a la dicotomía liquidez-solidez. Y me auto-propongo: es la eterna lucha entre el inconformismo dinámico pero agotador de quien reflexiona sobre las posibilidades de lo presente y el conformismo bovino pero cómodo de los que siguen un camino más claro, determinado, quizás más decidido y menos dado a reflexiones, propio de una mente sólida. Y ahora caigo: ¿No es curiosa la buena prensa de que goza el adjetivo “sólido” frente a otros estados de la materia? –me pregunto. Estamos gobernados por el lenguaje, un lenguaje tiránico. Será por la necesidad innata que tenemos de categorizar, de articular ideas en un sistema binario, dualista, y el esfuerzo que nos supone elaborar pensamientos complejos, con escalas, matices y niveles.

A veces uno acaba peleado consigo mismo después de tanta cábala metafísica, maldiciendo su estado líquido y vagando por el desierto de la incertidumbre más absoluta, pero también de la soledad más áspera. Porque sí, otra característica del estado líquido es que suele ser mal catalizador para las relaciones sociales. ¿Cómo compartir la liquidez? ¿Existen los lugares comunes en los no-lugares? ¿Puede una relación sólida construirse sobre alguien líquido?

Afortunadamente existen las ventanas. Y saltando por ellas te puedes desdoblar y huir de la realidad sólida volando colgado de pensamientos, ilusiones y emociones emancipadoras. Quizás sólo en ese estado es uno libre de las ataduras que lo unen a uno al suelo, pero también a los grilletes que le impiden sentir, pensar y escribir con libertad. Y entonces te das cuenta de que, si sabes aprovecharlo, merece la pena. Y te declaras amante de las ventanas.

Quizás –concluyo al fin y se me escapa una sonrisa a través de la ventana- sea bueno sentirse líquido. Aunque sólo sea de vez en cuando y como ejercicio rejuvenecedor para no aburrirse de uno mismo -eso es lo principal-, pero también para soportar mejor la desazón producida por el hecho de tener que compartir momento y lugar con tantos padres dimitidos, revisores estrambóticos y trenes que te transportan de un extremo a otro de esta época tan llena de hijos de puta y tantas incertidumbres macabras.

miércoles, 2 de abril de 2014

Unos versos sueltos en la memoria.

Con una pena de muerte cargo desde hace tiempo en la memoria.

Recuerdos de todos los momentos vividos que ya pasaron,

recuerdos de todas las personas que pasaron y ya no están,

negros nubarrones de guerra persiguen mis pasos hacia otra historia.

 

Termino el café de esta mañana de lunes y observo a través de la ventana,

me ato al mástil de proa intentando mirar al frente y calmar el vértigo, pero nada.

Maldigo al tiempo que no se detuvo mientras nos íbamos despacio hacia las rocas,

recuerdo de repente cómo vigilaba tu sonrisa, tan cálida, tan fría, tan equívoca.

 

Ya está, ya lo he dicho, me vuelvo a mi yo-robot, automático, eficaz,

a comenzar otra semana de invierno gris en la inmensa urbe solitaria.

Confieso que es el lugar perfecto para perderme, olvidar aquella ¿verdad?

que día tras día me repetía: querer perderte(me) porque estás perdida.

 

Las tardes de domingo me acuesto despacio entre tus manos,

que ya no son tus manos, ni las mías,

que ya son sólo recuerdos del pasado,

son sólo unos versos sueltos en mi memoria.

sábado, 29 de marzo de 2014

Best parade-video ever…

It’s Saturday afternoon, let’s have a break!

I feel like listening to The Lumineers and I remember this video and some others in which they play live music in public spaces. They are simply great. A breath of fresh air. Just what I need now.

That was Act 1.But as “La blogotheque” says, “the afternoon –afternoon in San Francisco should be always written in capital letters- took different shapes and sizes, so we decided to split these sessions into two parts”. And here is the second one. Different colors, different flavor, same live, lovely freshness.

Now I remember Vetusta Morla an their parade-video Otro día en el mundo: http://goo.gl/ljXpC8 

Ok, I need to say it. Don’t you think they are just some freak modern guys who record seedy parade-videos –or try to-?

viernes, 28 de marzo de 2014

Melodía de una mañana apagada.

mujer 1

Tras una mañana apagada, de las últimas del invierno, en la que no había parado un segundo, por fin eran ya casi las tres de la tarde. Tomé el metro, que como de costumbre a esa hora iba lleno de gentes deambulando de vuelta a casa. Al cabo de unas cuantas estaciones, una mujer ruda y algo descuidada, de apariencia mayor de lo que seguramente en realidad es, entra en el vagón de metro y, tras un breve zigzagueo, escoge asiento. Mira a su alrededor, como buscando cómplices de batalla diaria, pero nadie le responde en su llamada. Pausada, suspira, cierra los ojos e inclina la cabeza hacia delante.

La mujer espera unos segundos, como si se preparara para una confesión. O para un llanto. Con gesto serio y alzando levemente la cabeza, posa la mirada en la ventanilla de enfrente, como buscando el cielo, y comienza a cantar, en voz baja pero suficiente, un cante jondo cuyo estribillo rezaba: "ella solo quería cantar".

El murmullo del cante, cada vez un poco más encendido, se propaga por el vagón, haciendo que todos interrumpamos nuestras lecturas, músicas y cotidianidades individuales. Lo impregna todo, como un río torrencial que recupera para la vida en un segundo montañas de tierra yerma. Quien más, quien menos, aprecia el talento de la mujer, que se va gustando y subiendo el volumen. Al cabo de 20 segundos todos la miramos entre la admiración y la sorpresa, y a una pareja de ancianos, al fondo, se le oye comentar: “tiene arte, la jodía”. Ella sigue, a lo suyo. Canta y canta un llanto sentido hasta contagiarnos el alma de esa amargura romántica propia del cante.

Al cabo de cinco paradas sin descanso alguno, la mujer calla, se levanta tranquilamente y sale del vagón dejándonos en silencio, pasmados, como recién despertados de un sueño. Con paso ligero y caminar discreto avanza por el andén llevándose todos los dioses adentro. Paradójicamente, la tristeza de la melodía contrasta con la alegría que desprende a cada paso que da. Ella sólo quiere cantar. Y lo hace. Y le basta.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Marchas del 22M: unos apuntes desde la trinchera.

He de decir que nunca compartí plenamente el objetivo de las marchas del 22M. Por supuesto estuve presente, porque creo que comparto trinchera con quienes allí estaban y creo que era mi deber asistir, casi como un soldado cuando acepta una orden de un superior que considera legítimo.

La marcha del 22M fue un éxito rotundo en términos de participación. Pese a las pretendidas manipulaciones mediáticas (el otrora diario progre El País, hoy panfleto publicitario sin apenas valor periodístico, hablaba de 50.000 personas), el mérito de conseguir movilizar a casi 3 millones de personas, más aún teniendo en cuenta que los sindicatos mayoritarios no participaban, constituye el mayor éxito de movilización política en España desde que el inicio de la democracia del 78.

Sin embargo, hay quienes nos quedamos con un sabor agridulce. Miles de km después, millones de personas agotadas se manifiestan por Madrid durante horas y, una vez logrado, ¿qué? Hay tres apuntes que me parecen significativos para entender la realidad:

1. No se puede convocar una movilización sin un objetivo claro, sin un mensaje totalmente concreto. Cuando uno echaba un vistazo a la prensa, tanto nacional como extranjera, apreciaba una imprecisión pasmosa: “Marcha en Madrid contra la austeridad”, “Marcha por la dignidad”, “Marcha de los indignados”, “Marcha contra los recortes”… y apenas nada de marcha contra Rajoy, ni contra la troika, ni movilización contra el pago de la deuda ilegítima, ni contra la corrupción del régimen político en su totalidad, ni contra la estafa de las preferentes, ni contra la reforma laboral que nos precariza todavía más, ni contra la reforma del sistema fiscal que redistribuye la renta injustamente, ni contra el rescate de unos bancos que no vamos a recuperar… Había mensajes concretos que elegir, pero en un afán por reunir a cuanta más gente mejor –por fin, “toda la Izquierda Unida”, pudo diluirse demasiado los objetivos y mensajes de la protesta.

Es de importancia palmaria –y dificultad evidente- saber concretar los objetivos y mensajes de una movilización, más aún cuando se aspira a reunir a tanta gente. De lo contrario, toda la fuerza y poder reunido no serán canalizados hacia la consecución del objetivo y todo quedará en un acto simbólico, romántico, de reunión de viejos combatientes de la izquierda. En resumidas cuentas, un brindis al sol que en términos prácticos no servirá para mucho. Volveremos una y otra vez cargados de dignidad a nuestras casas, con más y más detenidos, heridos y presuntos torturados en nuestras listas de mártires, pero sin haber logrado un sólo avance significativo.

2. La izquierda sigue sin tener un plan para después de las marchas, huelgas y movilizaciones. Insisto en que el éxito de participación es notable, pero está demostrado que el gobierno es capaz de soportar impasible una movilización así. ZP soportó también la acampada del 15M en la Puerta del Sol sin demasiados apuros. Se trata, entonces, de ser capaces de actuar como estrategas, elaborando una táctica en la que, tanto la astucia a la hora de elegir acciones y objetivos, como la capacidad de resistencia para alargarlos en el tiempo y perseverar, serán los que decidan el resultado final. Es complicado, pero me temo que cada día queda claro que, por la vía pacífica, no queda otra solución posible si queremos lograr cambiar el estado de las cosas.

3. Respecto a los altercados al final de la marcha.

marcha

En relación con los hechos violentos ocurridos al final de la marcha, cabe señalar que desde el lado de los manifestantes eran cuatro gatos mal contados, más aún si tenemos en cuenta que del otro lado había unos 1.700 policías antidisturbios esperando. Así pues, entiendo que haya quienes piensen -por desesperanza o por pereza intelectual- que lo único que queda es partirse la madre con los que dan la cara por el gobierno, pues así al menos descargan lo que no pueden en otros sitios y se quedan a gusto. No los justifico en absoluto y desde luego considero que ni es el camino ni desde una perspectiva de izquierdas se pueden aprobar esas conductas, pero los entiendo. Todo ello no pretende ser justificante de nada, pero es absolutamente vomitivo el trato que, una vez más, se ha dado desde los medios y desde los mandos policiales y políticos al tomar la parte por el todo, tratando de criminalizar una movilización pacífica al 99%. Como señaló Julio Anguita, si las marchas hubieran sido violentas los 1.700 antidisturbios habrían sido neutralizados inmediatamente. Que no insulten nuestra inteligencia.

Lo que es innegable es que la tensión aumenta paralelamente a la desconexión que se palpa entre las élites –política, económica y financiera- y el resto de la sociedad, que no solo siente la indolencia del gobierno sino su torpeza e ineficacia. En consecuencia, y ante la inutilidad de cualquier acción política pacífica, los más impacientes -o estúpidos, o desesperados, o infiltrados, elija usted categoría- se lanzan a devolver la hostilidad que reciben, actuando, paradójicamente, como aquellos contra quienes actúan.

Bajo mi punto de vista, el problema es por un lado lo que ya he señalado en relación con el gobierno, pero por otro veo torpe e ineficaz a la izquierda, esa izquierda nuestra, que aun siendo capaz de movilizar a casi 3 millones de personas –sin ayuda, repito, de sindicatos mayoritarios-, no es capaz de canalizar ese poder hacia objetivos concretos.

Ahora, días después de la marcha de esos millones de personas, somos conscientes de que somos muchos, de que podemos ser mayoría, pero no sabemos cómo podemos demostrarlo, cómo podemos empoderarnos democráticamente y cómo podemos actuar contra el poder vigente. Ahora que sabemos que podemos, toca saber el cómo. Puede que en los últimos tiempos estén saliendo algunas alternativas interesantes para hacerlo a través de las urnas, pero fuera de ellas nos queda todavía un camino importante por recorrer.

martes, 11 de marzo de 2014

Bienvenidos al desierto de lo real. Píldora roja o píldora azul, ¿cuál te ha tocado?

Leo este artículo tras varios días pululando por las salas de cine, reflexionando y digiriendo las últimas obras que me han llamado la atención de las que asaltan la cartelera: Her y La Gran Belleza.

HER

No queda otra que aceptar que Her, junto con otras películas actuales como La Gran Belleza, son reflejos muy lúcidos y necesarios -pero dramáticos- del estado en que se encuentra el pensamiento contemporáneo. Sabemos -más o menos- qué fuimos y cómo llegamos hasta aquí, pero no nos gusta. Intuimos dónde estamos ahora, pero tampoco nos gusta. No tenemos ni puta idea de qué somos, qué queremos ser ni a dónde queremos ir a partir de ahora, y eso nos angustia. Más aún en una época en que cualquier logro civilizatorio -político, social, cultural...- es cuestionado, relativizado, puesto en tela de juicio mientras gurús económicos y tecnológicos nos obligan a correr por encima de nuestras posibilidades.

La_gran_belleza-02

¿Estamos de vuelta de todo? No lo sé, pero a veces me pregunto si hay demasiada gente que ya no espera nada de sí misma, de los demás y de la vida -entendiendo "vida" así como concepto generalista-cajón de sastre con un destino predefinido en lo universal-. Ante la decepción generalizada, unos encuentran consuelo en Dios, el Valium y el Prozac, otros en la madurada decisión de evitar encontrar algún sentido vital, otros se entregan a un ordenador que les cuenta una ilusión tan real -tan falaz- como la vida misma.

Y mientras se nos van cayendo mitos por el camino, un día despertamos y nos damos cuenta de que, como en el cuento del rey, nosotros también vamos desnudos...