martes, 30 de septiembre de 2014

Mensaje en una botella.

Hace ya varios calendarios que no te veo sonreír.

Mi mente me trae un recuerdo cada día más borroso desde este lado del muro de silencio sanitario impuesto por prescripción facultativa. Desierto de sal que rodea y protege, como territorio en cuarentena, el aljibe de los preciosos recuerdos y las incógnitas suicidas.

Intuyo tu sombra en cada esquina, a ratos recuerdo tu olor, quizás tu risa se me aparezca esta noche en mi almohada. Espero que los monstruos se queden entonces debajo de la cama, que el colchón sea bote salvavidas mecido en la bahía, que juntos tarareemos a Ismael un rato eterno y que nuestro beso sea tan intenso que por un instante recordemos cuánto cuestan los billetes hacia la felicidad compartida.

Felicidad compartida entre sollozos y risas, por instantes calma y a temporadas prisas, no te enfades cariño, te hago la cena, hoy traigo un buen vino y ya se te escapa una sonrisa. Hay quien dice que una vez estuvimos cerca del amor, si es que estuvimos cerca del amor…

El amanecer me sorprende solo en el bote salvavidas. Despierto, te busco en el horizonte y no hallo rastro de tu visita. Remo y remo en círculos hasta darme por vencido y me convenzo de que todo fue una mala jugada de mi subconsciente. Dejo caer, exhausto y confuso, mi cuerpo sobre el bote mientras me siento envejecer a cada segundo que pasa. Reconozco que con la vigilia regresan las canas y, a veces, también el síndrome de abstinencia.

Al rato, más calmado, miro al cielo tumbado boca arriba sobre mi bote salvavidas, mecido por el vaivén de las olas. Tras unos instantes, escucho el chapoteo de un cuerpo no identificado que me desvela. Me asomo y veo que la marea me trae una botella que transporta un papel adentro. Viene directa hacia mi. La agarro y la abro con cautela, extraigo de dentro con cuidado el papel enrollado, como quien acaba de encontrar una reliquia de tiempos pretéritos. Lo desenrollo, lo leo y compruebo que contiene un mensaje escrito a mano:

Hacía ya varios calendarios que no te veía sonreír”.

lunes, 11 de agosto de 2014

Instantes.

"Oía latir mi corazón, oía latir los corazones de todos, oía los ruídos humanos que allí hacíamos. Nadie osaba moverse, ni cuando nos quedamos a oscuras."
 Raymond Carver en "De qué hablamos cuando hablamos de amor".


Era una tarde de julio o de agosto, de esas que se repiten hasta rozar la redundancia y atrapan la voluntad en una red de pereza irresistible, más llevadera en estado contemplativo horizontal. Estaba sentado sobre un dique de un puerto lejano, escuchando el repicar rítmico del mar contra las rocas y dejando volar lejos los malos pensamientos que había traído en la maleta. Haciendo un esfuerzo abrí los ojos como quien regresa a la superficie tras un rato buceando, miré alrededor y descubrí que no estaba solo.

yo ibiza

Llevaba una temporada bailando en la penumbra del silencio perpetuo, negando y olvidando a quienes aguardaban afuera. De repente, en aquella vorágine de destellos, olas marinas que me llamaban desde la orilla y voces lejanas secuestradas por el viento, lo entendí todo. Feliz, me giré y miré a los míos, me levanté decidido, enérgico, y me abracé con ellos. Sentí su calor, apreté mi pecho contra el resto, notando cómo se clavaba la tensión en las costillas de cada uno como si fueran a explotar. Y sin que ninguno lanzase una sola palabra me supe conectado con ellos tantos años después.

- “Todo se mueve muy deprisa, pero este es un momento que recordaré siempre”- les dije.

Las temporadas dejaron paso a los meses, los meses a las semanas, éstas a los días, los días a las horas y éstas últimas a los instantes. Y en cada instante aprendí a ser feliz, a disfrutar del amor de los pocos que aún quedaban y me arrojé a un mundo nuevo aislado del minutero que todo lo maneja hasta que lo olvidas y te liberas de las cadenas de lo material.

Y en la ausencia del tiempo logré encontrar la pureza de cada instante y su belleza.

lunes, 30 de junio de 2014

Una parada en el viaje al claroscuro.

A esas horas en las que en los peores antros sólo queda la mejor gente, Martín, amigo y camarero en uno de mis bares-refugio frecuentados, se me acerca con actitud fraternal, con sus andares canallas y una cerveza en la mano, se sienta a mi lado y me habla:

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- ¿Qué haces aquí, joven poeta? Hace ya mucho tiempo que no se te ve acompañado de esa chica triste que te hacía reír. De hecho, hace mucho tiempo que no se te ve a ti, con tu pinta seria –añade un tono de cierto retintín-, tu aire bohemio con sombrero y tu mirada cara pero cálida –Martín siempre me dice esto porque según él suelo mirarlo como un autómata, distante y congelado hasta que me invita a algo-.

Lo miro, le hago un gesto cómplice y permanezco en silencio. A nuestro alrededor, en la sala, apenas permanecen unas pocas parejas apurando al ritmo de la música los últimos tragos de la madrugada entre destellos de amor y desamor. Al fin, Martín prosigue:

- Tienes razón, –dice ahora con aire resignado- hace mucho que no se te ve. Así, a secas. Parece que te han consumido todas esas nubes negras que traías detrás de tus guerras acabadas.

- Los restos del naufragio quedaron esparcidos, desaparecidos, quemados o quebrados –hablo al fin, con voz apagada, sin despegar la mirada de la mesa abarrotada de botellas-. Todavía los estaría juntando si no fuera…

- Es cierto eso que dicen, ¿sabes? –me interrumpe subiendo el tono de voz-. Siempre hay que morir un poco para nacer mejor.

- Joder –le interrumpo ahora yo-, he visto partos menos dolorosos. No lleva a nada bueno creer que el dolor sirve para algo, que la injusticia o el sufrimiento tienen sentido.

- ¿Y qué? Ya deberías saber que el dolor es siempre anterior al pensamiento. Y a casi cualquier cosa que merezca la pena. Piénsalo, hay malas temporadas que, cuando pasan, te permiten disfrutar mejor lo que viene después.

- Creo que este perro ya está en los huesos, no le queda hueco por doler –hago una pausa y aprovecho para beber el último trago que queda en mi copa-. De no besar se seca la piel. Y casi todo lo de dentro. La soledad es como un ácido que va devorando todo lo tierno que hay en uno hasta volverlo duro, insensible, inerte. Y no hablo de soledad física, Martín. Me refiero a esa soledad emocional, sensitiva, esa que te hace conectar con los que te rodean…

Suspiro y hago una pausa, cierro los ojos con fuerza y frunzo el ceño tratando de hacer patente que aún no he terminado. Mientras, una pareja abre la puerta y sale del bar abrazada, riendo y caminando con un zigzagueo delator de su feliz huida etílica. Ambos la vemos alejarse por la cuesta infinita de la Calle Ave María.

- Quince dobles se han tomado –comenta Martín sin quitarles la mirada de encima-, llevaban aquí desde las diez sin parar de beber cerveza. Hay gente que necesita muy poco para irse contenta a la cama.

- Creo que ya no necesito tener alma, Martín –retomo el hilo, volviendo a clavar mi mirada en la mesa-, ya no necesito tener fe, estoy solo y cada vez me interesa menos lo que ocurre fuera de mi cabeza y de mis libros.

- Ten cuidado, hay quien ha caído y se ha quedado abajo. Es peligroso estar lamentándose siempre.

- Nah… – respondo con desdén y lo miro fijamente- No me estoy lamentando. En serio, no es la tristeza la que me hace pensar estas cosas. Sé lo que es estar abajo y, créeme, hace mucho que no estoy ahí. Esto es sólo un alegato en contra de la mediocridad de todo lo que se ve por aquí –hago un gesto circular con el brazo señalando a nuestro alrededor-. Porque, dime, ¿qué ves?

Martín parece desconcertado, hace un gesto levantando las cejas y los hombros pero permanece en silencio.

- Hay belleza –respondo-, en alguna parte supongo que la hay. Belleza, luz, bondad… llámala como quieras. La hay, pero está embarrada, oculta entre la mediocridad, la superficialidad y la incapacidad humana de progresar de manera intelectual y emocionalmente sana.

- Entiendo… creo. ¿Crees que a la gente se le ha olvidado vivir y sentir de verdad? –pregunta Martín dubitativo, como un niño que en el colegio trata de adivinar el resultado de una división sin tener claro el mecanismo por el que se llega hasta él.

- No lo se. Creo que estamos en una época difícil. Hay muchas emociones e ideas mezcladas, quizás más que nunca. Pero en lugar de enriquecernos nos aturde, nos abruma y nos confunde. Lo queremos todo ahora y sin renunciar a nada, perseguimos la omnipotencia, como torpes aprendices de dioses, sin darnos cuenta de nuestras limitaciones como especie. Ocurre igual que en una inundación: todo es agua y agua por todas partes. Pero precisamente por ello es más difícil que nunca conseguir agua potable.

- Puede ser. Pero de verdad, no le des tantas vueltas a todo, no sirve de nada. Lo que hay es lo que hay. Vive con ello.

- La vida es un círculo plano. La historia no se repite, pero rima. Vivimos, creemos que caminamos hacia adelante, pero hacemos las mismas cosas, nos encontramos a las mismas personas vistiendo distintos cuerpos… Sólo hay que tener valor para intentar mirar siempre hacia adelante y lucidez para darte cuenta de por dónde has pasado ya. Supongo que ese es el sentido de todo.

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- Joder, ya me estás hablando otra vez como si escribieras sobre mi cara –murmulla Martín, con actitud resignada, justo antes de echar un trago más a su cerveza.

- No te lo tomes a mal, sólo pienso en voz alta. Y sé que te entretiene –digo socarrón-

- Puede ser, pero luego me metes todas esas ideas en la cabeza y no puedo dejar de pensar, ¿cómo sabes tú cuándo parar?

- Las ideas ya las tienes –afirmo con aire de superioridad-. Yo sólo soy tu interlocutor, el que te libera de lidiar con ellas por tí solo.

- No te creas tan bueno, chaval. Si no fuera por estas conversaciones no le daría tantas vueltas a las cosas. Y seguramente sería más feliz sin que nadie me hiciera replantearme nada sobre el sentido de la vida. Tú puedes hacer lo que quieras, puedes quedarte ahí mirando al infinito, reflexionar y filosofar sobre todo lo que te pasa y lo que no te pasa, pero que sepas que la vida no se puede posponer, que lo presente es lo que hay y con lo que tienes que vivir sin olvidar que, de fondo, hay un reloj que arrastra, con su tic tac eterno, a todos los que vivimos en esta realidad finita.

Se hizo el silencio. La última afirmación de Martín sonó a reprimenda de un padre contra los discursos de un adolescente criticón demasiado idealista, aunque sabía que en parte yo estaba en lo cierto y que ninguno de los dos teníamos alternativa para pensar de otro modo, pues nuestra naturaleza es la que es. En la penumbra de ese rincón, a las tantas de la madrugada, nos quedamos en silencio sentados en la misma mesa, terminando nuestras cervezas y planeando ya nuestro siguiente encuentro.

lunes, 12 de mayo de 2014

Villancico remoto.

Hubo un tiempo en que el musgo estuvo entre mis manos.

Acercaos…

Parecía murmurar en las rocas.
El verde intenso es siempre guardián de la alegría.
Dicen que el musgo duele y acaso eso sea cierto
pero en la infancia el frío todavía no existe.

Yo tuve un cielo claro de abuelos y estrellas,
una casa en solsticio y un jardín en el alma.
Con musgo construimos la noche más extensa
mientras el río y la nieve celebran sus bodas.

Cómo no iba a dejarme hechizar por el fuego,
irrepetido siempre aunque en el mismo sitio.
Los ancianos del pueblo rememoraban cantos
tan hondos que sanaban a fuerza de ser tristes.

Ya no queda la escarcha ni el musgo ni el solsticio.
La claridad precisa del río es un relámpago.
Cuántas veces la vida cambia hogar por sendero,
como niño por hombre y sonido por ruido.
Ahora comprendo el tacto implacable del frío,
reconozco el peor: el que hiela por dentro.

Bajo las noches largas del filo de diciembre
sigo buscando el musgo que me devuelve a casa.

Raquel Lanseros

lunes, 5 de mayo de 2014

Viaje líquido.

Hace unos días que me siento líquido. Indefinido. Maleable. ¿Será un brote agudo de (des)ilusión posmoderna? ¿Será que un fantasma llamado Bauman recorre Europa y no deja títere con cabeza? ¿Será un desvelo de nihilismo lúcido buscando una luz en la oscuridad? Quizás sea todo y nada a la vez.

A veces viene bien tener esta sensación, me digo; ayuda a no enmohecerse, a no “con-formar-se” (salvo cuando te das cuenta de que, efectivamente, no tienes “forma” ninguna, lo cual en ocasiones es difícil de llevar). Permite no dar nada por sentado, soltar la mente y vacilar de todo. Suelo comentar a mis amigos que una ventana es una herramienta perfecta para comenzar el vuelo; ventanas de habitaciones, de trenes, de oficinas... Ventanas que se convierten en lanzaderas hacia algún lugar que, con suerte y algo de inspiración, puede ser interesante.

En esas estaba yo hace unos días, metido en un tren quilométrico (más de veinte vagones formaban el convoy), lleno hasta las trancas de gente de todo tipo, cada uno de su padre y de su madre. En otras circunstancias, cabría pensar que podíamos viajar armoniosamente, como personas civilizadas, cada uno a lo suyo sin molestar al vecino pero, como dice un buen amigo mío, para lo relativo al silencio y el respeto parece que en este país el cochino nos salió mal capado. Así, el vagón se convierte en una especie de camarote de los hermanos Marx en el que se mezclan conversaciones y sonidos onomatopéyicos de lo más variado. Al mismo tiempo que dos o tres viajeros hablan a gritos por el móvil en una aparente lucha simultánea contra la falta de cobertura y de inteligencia de sus respectivos interlocutores, un par de niñas se pelean por entrar al aseo del vagón mientras su dimitido padre -dícese de todo progenitor que omite su deber de actuar como tal- hace como que no se entera ni de ellas ni de  los otros tres viajeros que aguardan para hacer uso del evacuatorio. En estas, hace acto de presencia el revisor, un tipo extraño, con gafas, la cara algo torcida y una barba incompleta que invita a pensar que le han arrancado a tirones algunos pelos –probablemente algunos viajeros desesperados en el pasado, pienso para mí-. Con la tranquilidad de quien convierte una costumbre –aunque singular- en un derecho, hace una breve exploración visual del vagón y de quienes allí nos encontramos y decide unirse a la fiesta. Tras comprobar que todos tenemos nuestros respectivos billetes en regla, se pasa los siguientes minutos paseando de un lado a otro del vagón, como un péndulo, haciendo comentarios picantes a las mujeres con su voz chillona y deleitando a todo el mundo con anécdotas extravagantes que le dejan a uno cara de no saber si viaja en la RENFE o en el tren de Amanece que no es poco.

Como decía, en ese tren viajaba yo camino del sur, cuando me puse a mirar por la ventana para evadirme. Y fue entonces cuando me di cuenta de que estaba líquido.

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Líquido. Es un estado que yo siempre digo que puede sentar bien o mal, según como te pille. Hay días en que te ves capaz de todo, sin saber muy bien hacia dónde encaminar tu vida, pero en el buen sentido. Levantas la mirada y piensas que podrías ser dueño de un gastro bar en Vancouver, asesor político en cualquier gobierno importante o quiosquero en un barrio perdido de alguna gran ciudad. O todo a la vez. Sin ningún problema. La ventana de posibilidades se antoja inmensa y ello te hace sentirte poderoso, enérgico, omnipotente.

Otros días, misma situación pero sentido inverso. Ves tantas posibilidades que te cuestionas hasta quién eres. Tanto piensas que vales para todo, que acabas rallando el disco y pensando que, quizás, no valgas para nada. Y en esas continúas, descendiendo paulatinamente hacia la oscuridad de una crisis de identidad reforzada por las presiones del entorno social, que repite sin descanso el discurso de que quien no “vale” para algo concreto, quien no tiene un camino sólidamente determinado a cierta edad, sencillamente no vale. Y en los tiempos actuales de dictadura monetaria y financiera “no valer” no sólo significa no tener valor de cambio, sino no existir.

Continúo asomado a la ventana, abstraído del mundo con la ayuda del traqueteo mecánico del tren. Trato ahora de dar algo de forma a la dicotomía liquidez-solidez. Y me auto-propongo: es la eterna lucha entre el inconformismo dinámico pero agotador de quien reflexiona sobre las posibilidades de lo presente y el conformismo bovino pero cómodo de los que siguen un camino más claro, determinado, quizás más decidido y menos dado a reflexiones, propio de una mente sólida. Y ahora caigo: ¿No es curiosa la buena prensa de que goza el adjetivo “sólido” frente a otros estados de la materia? –me pregunto. Estamos gobernados por el lenguaje, un lenguaje tiránico. Será por la necesidad innata que tenemos de categorizar, de articular ideas en un sistema binario, dualista, y el esfuerzo que nos supone elaborar pensamientos complejos, con escalas, matices y niveles.

A veces uno acaba peleado consigo mismo después de tanta cábala metafísica, maldiciendo su estado líquido y vagando por el desierto de la incertidumbre más absoluta, pero también de la soledad más áspera. Porque sí, otra característica del estado líquido es que suele ser mal catalizador para las relaciones sociales. ¿Cómo compartir la liquidez? ¿Existen los lugares comunes en los no-lugares? ¿Puede una relación sólida construirse sobre alguien líquido?

Afortunadamente existen las ventanas. Y saltando por ellas te puedes desdoblar y huir de la realidad sólida volando colgado de pensamientos, ilusiones y emociones emancipadoras. Quizás sólo en ese estado es uno libre de las ataduras que lo unen a uno al suelo, pero también a los grilletes que le impiden sentir, pensar y escribir con libertad. Y entonces te das cuenta de que, si sabes aprovecharlo, merece la pena. Y te declaras amante de las ventanas.

Quizás –concluyo al fin y se me escapa una sonrisa a través de la ventana- sea bueno sentirse líquido. Aunque sólo sea de vez en cuando y como ejercicio rejuvenecedor para no aburrirse de uno mismo -eso es lo principal-, pero también para soportar mejor la desazón producida por el hecho de tener que compartir momento y lugar con tantos padres dimitidos, revisores estrambóticos y trenes que te transportan de un extremo a otro de esta época tan llena de hijos de puta y tantas incertidumbres macabras.

miércoles, 2 de abril de 2014

Unos versos sueltos en la memoria.

Con una pena de muerte cargo desde hace tiempo en la memoria.

Recuerdos de todos los momentos vividos que ya pasaron,

recuerdos de todas las personas que pasaron y ya no están,

negros nubarrones de guerra persiguen mis pasos hacia otra historia.

 

Termino el café de esta mañana de lunes y observo a través de la ventana,

me ato al mástil de proa intentando mirar al frente y calmar el vértigo, pero nada.

Maldigo al tiempo que no se detuvo mientras nos íbamos despacio hacia las rocas,

recuerdo de repente cómo vigilaba tu sonrisa, tan cálida, tan fría, tan equívoca.

 

Ya está, ya lo he dicho, me vuelvo a mi yo-robot, automático, eficaz,

a comenzar otra semana de invierno gris en la inmensa urbe solitaria.

Confieso que es el lugar perfecto para perderme, olvidar aquella ¿verdad?

que día tras día me repetía: querer perderte(me) porque estás perdida.

 

Las tardes de domingo me acuesto despacio entre tus manos,

que ya no son tus manos, ni las mías,

que ya son sólo recuerdos del pasado,

son sólo unos versos sueltos en mi memoria.

sábado, 29 de marzo de 2014

Best parade-video ever…

It’s Saturday afternoon, let’s have a break!

I feel like listening to The Lumineers and I remember this video and some others in which they play live music in public spaces. They are simply great. A breath of fresh air. Just what I need now.

That was Act 1.But as “La blogotheque” says, “the afternoon –afternoon in San Francisco should be always written in capital letters- took different shapes and sizes, so we decided to split these sessions into two parts”. And here is the second one. Different colors, different flavor, same live, lovely freshness.

Now I remember Vetusta Morla an their parade-video Otro día en el mundo: http://goo.gl/ljXpC8 

Ok, I need to say it. Don’t you think they are just some freak modern guys who record seedy parade-videos –or try to-?