viernes, 27 de abril de 2007

Modas

La venganza de la Petra
ARTURO PÉREZ-REVERTE XLSemanal 22 de abril de 2007

El mundo se hunde y nosotros nos enamoramos. Ni los pantalones vaqueros respetan ya estos hijos de la gran puta. Antes era el color lavado o sin lavar, y ahora, el ancho de pata. Tendrían que ver ustedes la cara, mitad conmiseración profesional y mitad coña marinera, con la que me mira el vendedor. «Pues va a ser que no, señor Reverte –dice–. Esta temporada, todos vienen con dos centímetros más, por lo menos.» No puede ser, balbuceo con cara de panoli. Llevo el mismo ancho de pata, o de pernera, o como se diga, desde que el cabo Finisterre era soldado raso. Y busco los de siempre: normales, de faena. De toda la vida. «Pues es lo que hay –responde mi interlocutor–. La moda es la moda.» Y cuando, hecho polvo, dejo los pantalones y me dispongo a tomar el portante, añade: «Es que es usted un antiguo, señor Reverte». Total, que salgo a la calle blasfemando de los vaqueros, de la moda y de quienes la inventaron, mirando para arriba a ver si cae fuego del cielo y nos vamos todos a tomar por saco con las patas anchas de los cojones; pero lo que cae es una manta de agua y todos van con paraguas, y cuando miro para abajo sólo veo tejanos de patas anchas, arrastrados, pisándose el dobladillo o el deshilachado, que ésa es otra. Y como el suelo está mojado, sus propietarios van empapados hasta las rodillas, felices de ir chapoteando, chof, chof, con sus pantalones a la moda de la madre que me parió. Sobre todo las propietarias, porque las perneras acampanadas les encantan sobre todo a ellas, cinturas bajas y pata de elefante, favorecidas y elegantes que echas la pota, amén del companaje para completar figurín. Que parece mentira que haya mujeres capaces de ponerse prendas que les caen como una patada en la bisectriz, sólo porque el modisto de moda necesita trincar cada temporada y Victoria Beckham –esa especie de Ana Obregón vestida de Sissi Emperatriz por el estilista de Barbie, o viceversa– sale en el ¡Hola! Pero así funciona el asunto, creo. A Roberto Pastaflori, a Danti y Tomanti, a Rodolfo Langostino o a cualquier otro modisto puntero, o diseñador, o como carajo se llame ahora el antaño honorable gremio de la sastrería, se le ocurre una imbecilidad para epatar en la pasarela de Milán, verbigracia, que los hombres lleven la bragueta abierta con calzoncillo de camuflaje multicolor, que las mujeres usen ropa de minero asturiano y se calcen un pie con zapato de tacón aguja y el otro con sandalias apaches, o lo que sea, y no les quepa duda de que, durante los meses siguientes al desfile correspondiente –páginas de Cultura de los periódicos, ojo–, todo cristo, ellos y ellas, irán, o iremos, por esas calles con la bragueta abierta dos palmos lanzando pantallazos fosforito, los pavos, y las pavas con casco del pozo María Luisa y cojeando a la moda divina de la muerte, tacón, sandalia, tacón, sandalia, encantados de habernos conocido. Y si sólo fuera indumento, todavía. Los arcanos de tales dictaduras, alegremente aceptadas, son muchos e insondables. Pero ahí están, y vienen de antiguo. Todo empezó a fastidiarse, sospecho, el día en que la primera marquesa gilipollas –francesa, supongo, la Pompadour o una de esas zorras– hizo sentarse a su mesa, dándoles conversación, a su modisto, a su peluquero y a su cocinero. También albergo otra sospecha tenebrosa, que tiene que ver –usando una perífrasis delicada que no alborote mucho el gallinero– con las distintas aficiones y posturas de cada cual respecto al acto venéreo. Dicho de otro modo: lo que abunda entre los modistos no es el estilo camionero tipo Rusell Crowe, sino más bien el Chica Tú Vales Mucho. Pensaba en eso el otro día, hojeando un reportaje sobre quienes dictan la moda de nuestro tiempo. Las fotos eran reveladoras: Jean Paul Gaultier con botas de piloto intrépido acordonadas hasta las rodillas, jersey malva y pantalón de reflejos violetas, John Galiano con melena rubia y rizada hasta la cintura, sombrero de gánster, fular blanco y camiseta negra de pico, Valentino peliteñido, clásico y sobrio como la vida misma, Karl Lagerfeld –aparte esa pinta simpática que tiene, el jodío– con botas de montar, cuello duro, una sortija en cada dedo, una calavera en la corbata y una cadena de bicicleta a manera de cinturón. También venían un par de fulanos más cuyos nombres no retuve, uno con gomina amarilla y las rótulas depiladas asomándole por agujeros de los vaqueros, y otro vestido de Isadora Duncan que iba montado en patinete. Para mí, deduje tras mucho mirarlos, lo que son estos fulanos son unos cachondos. En el fondo –y en la forma– odian a las tías. Y se están vengando.

Poema 15: Me gustas cuando callas

Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.
Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.
Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
Déjame que me calle con el silencio tuyo.
Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.
Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.
Pablo Neruda

jueves, 26 de abril de 2007

Albert Pla y Bebe

Amapola



El lado más bestia de la vida

Cobertura: un 93% de todo el territorio nacional

Enfría bien el vino. Calienta el corazón. Enciende un cigarrillo.
Recita algún poema. Apaga con minuciosidad todas las luces.
Mírate en el espejo. Arréglate la ropa.

Péinate igual que aquella tarde. Bebe a sorbos.
Mira por el balcón abierto. Suspira.
Reviéntate el granito junto al labio.
Puedes, incluso, tararear algún bolero.
Enciende la tele. Tal vez pongan algún viejo film
en blanco y negro. Mira el reloj. Recorre los pasillos.
Comprueba que el grifo sigue goteando.

Abre el frigorífico. Y pica cualquier cosa.
Túmbate en la cama. Muerde las sábanas y llora.
Maldice. Grita. Blasfema.
Pero nunca cojas ese teléfono maldito.
Rodolfo Serrano

martes, 17 de abril de 2007

Leño - Rosendo

Leño, nacido allá por los 80, es sin duda uno de los mejores grupos de rock que ha dado este país. Hoy Rosendo sigue ya en solitario, y sigue sacando discos como churros; próximamente, el 29 de mayo, saldrá a la luz su último trabajo: "El endémico embustero y el incauto pertinaz".

Este Madrid



Cucarachas




No dudaría



Maneras de Vivir (con Luz Casal)

jueves, 12 de abril de 2007

Polonia Paranoica

Ignacio Ramonet
Le Monde Diplomatique

Las llaman "leyes de lustración". Es decir, de purificación ritual, según el diccionario. Lo cual, en este país donde el catolicismo está clavado a la historia, no deja de tener una profunda significación de arrepentimiento y penitencia. En virtud de esta ley votada en octubre de 2006 y que entró en vigor el pasado 15 de marzo, setecientos mil polacos tendrán que confesar si colaboraron con los comunistas de 1945 a 1989. Todos los altos funcionarios, profesores, abogados, directores de escuela y periodistas nacidos antes de agosto de 1972 tienen tiempo hasta el 15 de mayo para confesar su pecado.
Todos tienen que llenar un formulario y contestar a la pregunta: "¿Colaboró usted en secreto y conscientemente con los antiguos servicios de seguridad comunistas?". Tendrán que entregarlo a su superior jerárquico que lo dirigirá al Instituto de la Memoria en Varsovia. Este Instituto verificará en sus archivos y entregará un certificado de "limpieza política". En caso de que se pruebe la colaboración, los periodistas que trabajen en servicios públicos serán automáticamente despedidos. Quienes se nieguen a responder, o de quienes se pruebe que mintieron, se arriesgan a una pena de prohibición de ejercer su profesión durante diez años.
Esta ley delirante, que escandaliza a la Unión Europea, reduce por comparación al maccarthismo de Estados Unidos de la década de 1950 a un anticomunismo de aficionados. Constituye el principal dispositivo de una furiosa caza de brujas lanzada por las autoridades desde que en octubre de 2005 accediera al poder en Polonia el presidente conservador Lech Kaczynski y su hermano gemelo Jaroslaw como primer ministro.
Muchos polacos consideran que esta ley es contraria a la Constitución, porque obliga a los ciudadanos "a demostrar que no hicieron lo que no hicieron". Podría resultar invalidada por el Tribunal Constitucional que pronunciará su veredicto a comienzos de mayo.
La coalición de derechas, católica y nacional, que gobierna Polonia, compuesta por tres partidos: Ley y Justicia (de los hermanos Kaczynski), Autodefensa (de los medios agrarios) y la Liga de Familias Polacas, implementa una preocupante política de regreso enérgico al "orden moral". Acorde con su espíritu, Roman Giertych, viceprimer ministro, ministro de Educación y jefe de la Liga de Familias Polacas, acaba de depositar un proyecto de ley homofóbica que ha suscitado otro alboroto internacional y las protestas de organismos de derechos humanos. Según ese proyecto, que estaría listo en un mes, toda persona que en un establecimiento escolar o universitario revele su condición de homosexual, "o cualquier otra desviación de índole sexual", se expondría a una multa, al despido o a una pena de cárcel.
El padre del ministro, Maciej Giertych, diputado europeo de la Liga de Familias, ya había suscitado el pasado mes de febrero una tormenta de condenas después de publicar un folleto antisemita, costeado por el Parlamento Europeo y con su logo, donde se afirmaba por ejemplo que "los judíos crean ellos mismos sus guetos", y que "el antisemitismo no es racismo" (2).
Estas decisiones de purificación anticomunista, así como los intentos de regreso a un orden moral autoritario, ocultan, tanto en Polonia como en cierta medida en Ucrania, Lituania y otros países del Este, una suerte de repulsiva nostalgia del periodo de preguerra, cuando el racismo se ostentaba descaradamente. Ganados por el revisionismo del ambiente, hay quienes no dudan en glorificar la colaboración con el III Reich hitleriano contra la Unión Soviética, hoy oficialmente desacreditada.
Sin duda en este espíritu, valorando, como muchos medios de comunicación, que la Rusia de Vladimir Putin no es más que la prolongación encubierta de la antigua URSS, Varsovia se ha declarado favorable a instalar en su territorio un escudo anti misiles concebido por el Pentágono para proteger a Estados Unidos. Sin dignarse consultar con sus socios de la Unión Europea, ni siquiera los miembros de la OTAN.
Lo cual demuestra que en política la paranoia puede no sólo llevar a la atrofia espiritual. Sino también a cierta forma de traición.
Notas: (1) El País , Madrid, 20 de marzo de 2007. (2) Le Figaro , París, 17 de febrero de 2007.

miércoles, 11 de abril de 2007

EEUU: el terrorismo y la cultura del miedo

Zbigniew Brzezinski

La “guerra contra el terrorismo” ha creado una cultura nacional del miedo en Estados Unidos. La elevación de estas tres palabras por parte de la Administración de Bush a mantra nacional, a partir de los horribles acontecimientos del 11 de septiembre, ha tenido un impacto pernicioso en la democracia estadounidense, en la psique de los estadounidenses y en la posición de los EEUU en el mundo. El empleo de esa frase ha minado realmente nuestra capacidad para enfrentarnos a los desafíos concretos que nos plantean los fanáticos que tienen la posibilidad de utilizar el terrorismo contra nosotros.

El daño que han hecho estas tres palabras (- la clásica herida autoinfligida – es infinitamente mayor de lo que podrían haber soñado jamás los fanáticos autores de los ataques del 11-S cuando tramaban su complot contra nosotros en las cuevas afganas. La frase en sí carece de sentido. No define ni un contexto geográfico ni a nuestros supuestos enemigos. El terrorismo no es un enemigo, sino una táctica de guerra, que consiste en la intimidación política mediante la matanza de civiles desarmados.

Sin embargo, el pequeño secret0o subyacente es que la vaguedad de la frase fue deliberadamente calculada por sus patrocinadores. La referencia constante a la guerra contra el terror conseguí un objetivo superior: estimulaba la aparición de una cultura del miedo. El miedo nubla la razón, intensifica las emociones y facilita a los políticos demagogos la movilización de la gente en apoyo de las políticas que quieren poner en marcha. La guerra por la que se optó en Irak no podría haber conseguido el apoyo que tuvo en el Congreso de no haber sido por la vinculación psicológica entre el golpe del 11-S y la pretendida existencia de armas de destrucción masiva en ese país. El apoyo al presidente Bush en las elecciones de 2004 también se movilizó, en parte, por la idea de que una nación en guerra no cambia de comandante en jefe en mitad de la corriente.

Para justificar la “guerra contra el terrorismo”, la Administración ha fabricado en los últimos tiempos un relato histórico falso que podría llegar incluso a convertirse en un profecía autocumplida. Al proclamar que esta guerra es similar a las pasadas luchas de EEUU contra el nazismo y el estalinismo (aunque ignore el hecho de que tanto la Alemania nazi como la Rusia soviética eran potencias militares de primer orden, un estatus que Al-Qaeda nunca tuvo ni puede llegar a tener), la Administración podría estar preparándose para una guerra contra Irán. Esta guerra sumergiría a Estados Unidos en un prolongado conflicto que abarcaría Irak, Irán, Afganistán y tal vez incluso Pakistán.

La cultura del miedo es como un geniecillo al que se ha permitido salir de su botella. Cobra vida propia, y puede llegar a ser desmoralizador. Los Estados Unidos de hoy no son el país decidido y con confianza en sí mismo que dio una respuesta contundente a lo de Peral Harbor; ni es el país que oyó decir a su líder, en otro momento de crisis, las poderosas palabras “lo único a lo que debemos temer es al mismo miedo”; tampoco es el tranquilo país que soportó la Guerra Fría con callada perseverancia pese a saber que la guerra real podía estallar de manera abrupta en cuestión de minutos y provocar la muerte de 100 millones de estadounidenses en el plazo de unas horas. Ahora estamos divididos, inseguros y susceptibles de caer presa del pánico en el caso de que se produzca otra acción terrorista dentro de las fronteras de Estados Unidos.

Éste es el resultado de los cinco años de lavado de cerebro con respecto al terrorismo llevado a cabo en todo el ámbito nacional, muy diferente de las reacciones más silenciosas de muchos otros países (Reino Unido, España, Italia, Alemania, Japón, por mencionar sólo algunos) que también han sufrido dolorosos ataques terroristas. En su más reciente justificación de su guerra en Irak, el presidente Bush llegó incluso a declarar de manera absurda que tiene que seguir haciéndola para evitar que Al-Qaeda cruce el Atlántico para lanzar una guerra de terror en Estados Unidos.

Esta propagación del miedo, reforzada por las empresas de seguridad, los medios de comunicación y la industria del espectáculo, genera su propio impulso. Los empresarios del terror, a los que habitualmente se describe como expertos en terrorismo, están necesariamente comprometidos en la competición para justificar su existencia. Por lo tanto su tarea es convencer al público de que se enfrenta a nuevas amenazas.

Casi sin discusión, puede decirse que EEUU se ha vuelto inseguro y más paranoide. Un estudio reciente llevado a cabo por Ian Lustick puso de manifiesto que, en 2003, el Congreso identificó 160 lugares como objetivos nacionales potencialmente importantes para posibles actos terroristas. Con la intervención de los grupos de presión, a finales de ese año la lista habían aumentado hasta 1.849; a fines de 2004, a 28.360; en 2005, a 77.769. La base de datos nacional de objetivos posibles registra actualmente unos 300.000.

Recientemente, sin ir más lejos, aquí en Washington, tuve que pasar uno de esos absurdos controles de seguridad que han proliferado en casi todos los edificios de oficinas de propiedad ‘privada de esta capital,, lo mismo que en la ciudad de Nueva Cork. Un vigilante uniformado me pidió que rellenara un formulario, que mostrara mi DNI y que explicara por escrito el motivo de mi visita. ¿Indicaría por escrito un visitante terrorista que el motivo es “hacer saltar por los aires el edificio”? ¿Habría sido capaz el vigilante de detener a un posible terrorista suicida, portador de una bomba, que así lo confesase? Para hacer la situación aún más absurda, los grandes almacenes, con sus riadas de compradores, no cuentan con ningún procedimiento que se le pueda comparar. Tampoco lo aplican las salas de conciertos ni los cines.

El Gobierno ha fomentado esta paranoia desde todas sus instancias. Piénsese, por ejemplo, en los paneles electrónicos de las autopistas interestatales que alientan a los motoristas a “Informar de cualquier actividad sospechosa” (¿conductores con turbantes?). Algunos medios de comunicación han hecho su propia contribución. Los canales por cables y algunos medios escritos se han dado cuenta de que los escenarios de horrores atraen mayores audiencias, mientras que los expertos en terrorismo verifican la autenticidad de las visiones apocalípticas con que se alimenta al público estadounidense. El efecto general es que refuerzan la sensación de un peligro desconocido, pero vago, al que se atribuye una creciente amenaza para la vida de los estadounidenses.

La industria del espectáculo también saltó a la palestra. A esto se deben las series de TV y las películas en que los personajes malvados tienen rasgos árabes bien identificables, destacados en algunas ocasiones por actitudes religiosas, que explotan la ansiedad del público y fomentan la islamofobia. Los estereotipos faciales árabes, sobre todo en las tiras y las viñetas cómicas, se plasman a veces de un modo que recuerda tristemente a las campañas antisemitas de los nazis.

La discriminación social, por ejemplo hacia los viajeros musulmanes que llegan por vía aérea, ha sido también su consecuencia involuntaria. La animadversión hacia los Estados Unidos, como era de esperar, incluso entre los musulmanes a los que no preocupa especialmente el Oriente Próximo, se ha intensificado, mientras que la reputación de nuestro país como abanderado del favorecimiento de las relaciones interraciales e interreligiosas constructivas ha sufrido un formidable deterioro.

El balance es todavía más inquietante en el ámbito general de los derechos civiles. La cultura del miedo ha alimentado la intolerancia, la sospecha hacia los extranjeros y ha fomentado la adopción de procedimientos legales que minan las nociones fundamentales de justicia. El principio de “inocente hasta que se demuestre lo contrario” se ha diluido, cuando no ha brillado por su ausencia, con respecto a algunos ciudadanos – incluso estadounidenses - a los que se ha encarcelado por prolongados periodos sin un rápido y efectivo acceso a un proceso judicial. No hay pruebas concluyentes de que semejantes excesos hayan prevenido importantes actos terroristas, y las condenas a los presuntos terroristas de todo tipo han sido pocas y muy espaciadas. Algún día los estadounidenses se sentirán avergonzados de estos hechos.

Entre tanto, la “guerra contra el terrorismo” ha causado un grave daño a Estados Unidos en todo el mundo. La similitud entre el trato brutal que los militares han dado a los civiles iraquíes y el que los israelíes han dado a los palestinos ha despertado en los musulmanes un generalizado sentimiento de hostilidad hacia nuestra nación. Lo que llena de rabia a los musulmanes que ven en las noticias de la televisión no es la “guerra contra el terrorismo” sino la matanza de civiles árabes. Y el resentimiento no se limita a los musulmanes. Una reciente encuesta de la BBC entre 28.000 personas de 27 países, que pedía la valoración de los encuestados sobre el papel de los diferentes países en los asuntos internacionales, dio como resultado que Israel, Irán y Estados Unidos (por ese orden) se percibían como los países que ejercían “la influencia más negativa en el mundo”. Al parece para algunos, ¡éste es el nuevo eje del mal!

Los acontecimientos del 11-S podrían haber dado lugar a una auténtica solidaridad global contra el extremismo y el terrorismo. Una alianza global de moderados, incluídos los musulmanes, comprometida en una campaña decidida para desmantelar las redes del terrorismo y acabar con los conflictos políticos que lo engendran, habría sido más productiva que una “guerra contra el terrorismo”, demagógicamente declarada por los EEUU, prácticamente en solitario, contra el “islamo-fascismo”. Sólo unos Estados Unidos confiadamente decididos y razonables pueden promover la genuina seguridad internacional que acabe por no dejar espacio político alguno para el terrorismo.

¿Dónde está el líder estadounidense dispuesto a decir “basta de histeria, acabemos con esta paranoia”? Incluso enfrentados a futuros ataques terroristas, cuya probabilidad es innegable, mostremos cierto sentido. Seamos fieles a nuestras tradiciones.


Zbigniew Brzezinski es ex consejero nacional de Seguridad del presidente Jimmy Carter.

Publicado en de The Washington Post, 2007