lunes, 11 de agosto de 2014

Instantes.

Era una tarde de julio o de agosto, de esas que se repiten hasta rozar la redundancia y atrapan la voluntad en una red de pereza irresistible, más llevadera en estado contemplativo horizontal. Estaba sentado sobre un dique de un puerto lejano, escuchando el repicar rítmico del mar contra las rocas y dejando volar lejos los malos pensamientos que trajo en la maleta. Haciendo un esfuerzo abrió los ojos como quien regresa a la superficie tras un rato buceando, miró alrededor y descubrió que no estaba solo.

yo ibiza

Llevaba una temporada bailando en la penumbra del silencio perpetuo, negando y olvidando a quienes aguardaban afuera. De repente, en aquella vorágine de destellos, olas marinas que lo llamaban desde la orilla y voces lejanas secuestradas por el viento, lo entendió todo. Feliz, se giró y miró a los suyos, se levantó decidido, enérgico, y se abrazó con ellos. Sintió su calor, apretó su pecho contra el resto, notando cómo se clavaba la tensión en las costillas de cada uno como si fueran a explotar. Y sin que ninguno lanzase una sola palabra se supo conectado con ellos tantos años después.

- “Todo se mueve muy deprisa, pero este es un momento que recordaré siempre”- les dijo.

Las temporadas dejaron paso a los meses, los meses a las semanas, éstas a los días, los días a las horas y éstas últimas a los instantes. Y en cada instante aprendió a ser feliz, a disfrutar del amor de los pocos que aún quedaban y se arrojó a un mundo nuevo aislado del minutero que todo lo maneja hasta que lo olvidas y te liberas de las cadenas de lo material.

Y en la ausencia del tiempo logró encontrar la pureza de cada instante y su belleza.